Seré una persona realizada y completa si estoy enamorado….
«Yo no soy yo si no te tengo a ti» es una afirmación que equipara mi identidad con lo que poseo, o gano, o por lo que compito, o hago, o consumo, no con lo que soy. La demanda se intensifica si crecimos con el dogma religioso de que cuando Dios nos creó, también creó a otra persona en el mundo sólo para nosotros. Y nuestra tarea en la vida es encontrar a esa persona, ¡mientras que el trabajo de Dios parece ser jugar a las escondidas con esa persona por el mayor tiempo posible!
No sorprende que muchos de nosotros cortamos prácticamente con cualquier otra relación cuando estamos «enamorados» ¿Por qué? Porque ahora tenemos a la persona que nos completará. Es como si dijéramos a la otra persona: «¡Hola suertudo! Tu trabajo por el resto de tu vida será hacerme sentir bien! ». Pareciera que la mayoría de nosotros no tiene relaciones, sino que toma rehenes.
Este mito sólo sirve para contaminar las relaciones. Nuestra sociedad en realidad no se caracteriza por la amistad. Pensamos en los amigos como personas con quiénes pasar tiempo cuando no hay otra cosa mejor
qué hacer. Y cuando no tenemos una pareja, buscamos a alguien que llene ese hueco en lugar de ver a la persona por sí misma.Mi soledad y sensación de aislamiento se aliviarán sólo dentro una relación romántica con otra persona.
Esta es, por mucho, una verdad a medias. Cierto que somos creaturas que tendemos a la relación, pero a lo largo de nuestra vida establecemos relaciones donde experimentamos no sólo la cercanía, sino también la soledad. Ambos aspectos son inevitables.
En secreto esperamos que un vínculo romántico nos libere del malestar, y por eso pedimos «¡Rescátame por favor!». Sin embargo, el fluir de las relaciones se basa en realidad en la aceptación de que todos estamos fundamentalmente solos, y al compartir con otros no podemos dejar de lado nuestra propia soledad. No se anula ni se niega. Hemos de mirarla como un don, y no como una condena.
El vínculo con otra persona resolverá mis ansiedades, mi neurosis, mis traumas.Y entonces decidimos casarnos jóvenes para escapar de un hogar infeliz. Buscamos relaciones para encontrar a alguien que nos escuche y a quien importarle. Nos sumergimos en historias de amor, esperando que la mujer/hombre de nuestra vida venga a rescatarnos. Transferimos todo nuestro «enamoramiento» en nuestros hijos, o amigos, proyectando en esa persona el poder para rescatarnos de nuestro drama humano, esperando que nos lleve sobre sus hombros hacia una vida más satisfactoria.
La intimidad se equipara con sexo. Y de hecho con frecuencia intercambiamos las palabras.
Cuando preguntamos a alguien sobre cómo va su relación podría respondernos, «Va bien, pero todavía no hemos tenido intimidad». Traducción: «Todavía no hemos tenido relaciones sexuales».
La implicación de esto es doble: primero, asumimos que la intimidad se respalda por cierto nivel de actividad genital. Lo cual facilita nuestra tarea, porque si la intimidad equivale a genitalidad, todo se reduciría a un simple manual de «cómo, cuándo y dónde», convirtiéndonos en técnicos en lugar de personas que quieren relacionarse. De hecho la genitalidad es una expresión, ya sea positiva o negativa, de nuestro deseo y necesidad de cercanía, pero eso no significa en absoluto que podamos equiparar la intimidad con comportamientos sexuales específicos. Es este modo de pensar el que conduce a la segunda idea, esto es, que la intimidad sólo es posible con una persona del sexo opuesto, mediante un cierto vínculo romántico.Y como desconocemos el lenguaje de las relaciones, entonces usamos el sexo.
Ahora la ecuación está completa: la intimidad es igual a romance más una buena dosis de sexo. De esta manera, la intimidad es relegada a aquellos momentos de contacto genital. Esto puede resultar placentero, pero no verdadero. Irónicamente, es más fácil despojarnos de nuestras ropas que despojarnos de nuestras máscaras. Es más fácil entregar nuestro cuerpo que entregar nuestro corazón.
Autor: Laura Ríos
Fuente: Almas










