Muchas prácticas religiosas no atraen porque les falta consistencia
Hay encuentros y palabras de Jesús que hablan de respeto a determinadas personas. Al apóstol Pedro fue confiada una misión específica de ser piedra firme en la edificación de la iglesia. Testigos escogidos de acontecimientos decisivos son el propio Pedro. Con Santiago y Juan. Doce son apóstoles, columnas del
nuevo Israel de Dios, setenta y dos son los primeros discípulos. El Evangelio relata que algunas mujeres acompañaban al Señor, sirviendo a sus apóstoles con sus bienes. Aquella que fue llamada apóstala de los apóstoles fue María Magdalena. Un, dos, doce setenta y dos…Pero hay otra categoría de destinatarios de la acción y de la Palabra de Jesús: la multitud. Llama la atención el hecho de que las palabras dirigidas a todos sean muy exigentes: “Grandes multitudes acompañaban a Jesús. Volviendo a ellos les dijo: Si alguien viene a mí, pero prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo” (Lc 14, 25-26 ). Se trata de una provocación positiva a la libertad humana, llamada a tomar decisiones que determinan un rumbo de eternidad.
¡Jesús pide definiciones! Los llamados consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia son destinados, en la justa medida, a todos los que quieren seguirlo (cf. Lc 14, 25-35) No se trata de privilegios de los religiosos o religiosas. “¡Cualquiera de ustedes, si no renuncia a todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo”! Es la pobreza, libertad en relación a los bienes materiales. Tarde o temprano, todas las personas deberán confrontarse con elecciones correspondientes a los valores que nortean sus vidas y los bienes, por más importantes que sean, sólo servirán para el bien si se someten al bien mayor. Además, al final de tu recorrido en la tierra, en la pascua personal de la muerte, solo pasará el amor. ¡Todos los bienes quedarán aquí!
Libres delante de los afectos: “Si alguien viene a mí, pero prefiere a su padre y a su madre, su mujer y sus hijos, sus hermanos, no podemos ser discípulos“. Cuando alguna persona es transformada en ídolo, dejando a Dios en primer lugar los afectos serán desequilibrados. Si Dios pasa al frente, el amor, las personas más queridas serán limpias, sin adueñarse uno del otro. Es el sentido transparente y universal de la castidad.
“Quien no carga su cruz y no viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo”. ¡Renunciar a la propia vida! En verdad, quien no encontró a quien obedecer no se realiza plenamente, porque acabrá en el terrible individualismo que conduce a la infidelidad. Y el mejor punto de referencia para la obediencia, que significa “listo para escuchar”, es el propio Dios.
No estamos delante de recomendaciones piadosas, destinadas a un pequeño grupo, sino de decisiones con las cuales jugamos el sentido de nuestra existencia, tanto que, sin las mismas, nos parecemos al hombre que comenzó a construir y, no teniendo como acabar, se vuelve objeto de burlas( cf. Lc 14, 9-30 ). Infelizmente, muchas prácticas religiosas en nuestro tiempo no atraen por faltarles la conciencia de las elecciones. Estas sí, por más que piensan de forma diferente, las respetarán, ¡porque la coherencia de vida no se discute!
Que no ocurra con los cristianos de nuestro tiempo, en su lucha contra el mal, que sean soldados sin estrategia ( cf. Lc 14. 31-33 ) ¡La superficialidad no convence a nadie! Las armas adecuadas están a disposición de quien sabe escoger a Dios, reconociéndole como el más importante de todos los bienes, afectos y hasta la propia vida. Quien así se encuentra munido, participará de la victoria que vence el mundo, no destruyéndolo, sino envolviéndolo en la corriente de amor infinita de Dios Padre. “Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo” (Jn 16,33 ).
¡Cristianos con columna vertebral! Es lo que clama nuestro tiempo. Estos serán sal para dar gusto al mundo. “La sal es buena. Pero si hasta la sal pierde el sabor, ¿con qué se ha de salar? No sirve ni para la tierra, si es para el estiércol, es solo para ser lanzado fuera. Quien tiene oídos para escuchar que escuche” (Lc 14, 34-35)
Mons. Alberto Taveira Correa
Arzobispo de Belén – Brasil










