La fuerza de la manifestación de Dios

10/11/2010

Nuestro único amor, nuestra única riqueza…

La resurrección es el sello de la verdad de la vida de Jesús y de su muerte. Jesús, como hombre, murrio después que predicó la Buena Nueva de la llegada del Reino. Dios Padre lo resucitó declarando, por la señal de su omnipotencia, la autenticidad de la predicación de Jesús. Pedro dice en el relato de Pentecostés: “A este Jesús, Dios lo resucitó, y todos nosotros somos testigos“. (Hch 2, 32). Escribe Juan

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Pablo II: “La cruz no es la última palabra de Dios de la alianza: esa palabra va ser pronunciada en la alborada cuando las mujeres, en primer lugar, y los discípulos, después, yendo al sepulcro del Crucificado, verán el sepulcro vació y proclamaran por la primera vez: ¡Resucito!

Tomás experimentó la fuerza de la manifestación de Dios y al reconocerlo resucitado pudo exclamar: “¡Mi Señor y mi Dios!” Está experiencia significa establecer a Jesús como Señor de nuestra vida, de nuestra historia, de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro. Es más, hace de nosotros personas libres porque el proyecto de Dios sobre nosotros es un proyecto de felicidad. El Señor no quiere oprimirnos, al contrario, él quiere que seamos todo lo que el padre ha pensado para nosotros. Ser lo que el Padre nos hizo, nos realiza como personas. Por lo tanto establecer a Jesús como Señor y Dios de nuestra vida significa ser cada vez más persona, más humano y dar espacio para que sus propósitos se cumplan en nuestras vidas.

Jesús, nuestro Señor y Dios nos lleva a este proceso de sanación y crecimiento para la misión que Dios nos concedió. Asumir a Jesús como nuestro Señor de nuestra vida es adorarlo. En esta actitud de adorar el Señor, reconocemos interiormente el lugar exclusivo que pertenece en nuestro corazón. Nos dirigimos a Dios y reconocemos como criaturas, la majestad y grandeza de Dios y nuestra total dependencia que tenemos de él. Es la actitud fundamental de cada cristiano consciente del misterio que le rodea. Me postro ante Dios, porque Dios es Dios. No tengo la intención de pedirle nada, quiero estar con él, estar en su presencia, junto con su corazón. Me uno a él para agradarle y hacerle feliz. Simplemente me postro ante Dios porque Él es mi Señor y mi Creador. ¡Es el Dios de mi vida!

El pez vive en el agua. Fuera de ella comienza a agonizar porque fue creado para vivir en el agua. ¡Nuestro lugar está junto con Dios! Vivimos una vida infeliz porque vivimos fuera de nuestro lugar, de nuestro hábitat que es Dios. Reconocerlo como Señor y Dios es reconocerlo que Él es nuestro único amor, nuestra única riqueza y nuestro deseo. Vivimos en él y para él, por eso somos libres. Él es un Señor que no oprime, ni esclaviza, pero nos enseña a ser personas, nuevos hombres y mujeres.

Vera Lucia – Verinha
Comunidad Canción Nueva

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