Cielos y tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán
Durante mi infancia, varias veces, por un motivo u otro caía y me lastimaba, lo que me hacía, con llanto, buscar el consuelo de mis padres… Recuerdo las veces que me dijeron: “Calma hija, va a pasar…”
Tenían toda la razón. ¡En verdad paso! Ya ni me acuerdo de las caídas de aquellas épocas, vinieron otras que también pasaron. ¡Al final, en esta vida, todo pasa!
Creo que ya has escuchado esta afirmación. Para concordar con ella basta hacer una breve reflexión sobre tus últimos años.
Las etapas de nuestra vida, por mucho que queramos apegarnos a ellas – no hay solución – pasarán. Los tiempos de crisis y bonanzas pasan, las noticias pasan y también las personas pasan.
¡Lo que se tiene y se siente también pasa! ¡Y también tú pasaras!
Ahora bien, si esa es una verdad incuestionable, ¿Por qué nos falta la esperanza cuando estamos en la tribulación? ¿Por qué nos faltan la cautela y el celo cuando estamos en el culmen de las alegrías momentáneas? Preguntas como estas, pasan casi siempre sin respuestas en nuestra vida.
El autobús ya pasó. Sólo queda conformarse y esperar el siguiente. La moda te hizo comprar “esa ropa” pasó: si la usaras ahora no te sentirías tan bien. Y así sigue… la vida va, viene y todo pasa.
Por lo tanto, lo que pasa no necesariamente termina; pero ciertamente se transforma.
“Pasó lo viejo, todo es nuevo” dice la palabra de Dios en 2 Corintios 5, 17.
Los sentimientos cambian, pasan, y se transforman… algunos se vuelven más intensos, otros suavizan; pasa la euforia. ¿Será, entonces, que estamos en este mundo, solamente pasando? ¿Será que vivir es pasar, y no permanecer? ¿Será que nada permanece, nada queda?
El evangelista Mateo nos hace un gran bien cuando registra lo que Jesús afirmo: “Los cielos y la tierra pasaran, pero mis palabras permanecerán”
Más de 2000 años después sus palabras continúan resonando en los cuatro rincones de la tierra y – lo más importante- con el mismo efecto.
En este caso sí, algo permanece, pero no es humano… las cosas que permanecen, trascienden nuestra existencia y no se explica por la razón, pero si por la fe.
La sed que el hombre tiene de Dios, y por sus obras, por ejemplo, permanece en nuestros corazones. Y esta sed solo pasará cuando, finalmente, lleguemos a su presencia para siempre.
Tal vez si mi padre me escuchaba hoy, me daría el mismo consejo… creo que desde el cielo el me recuerda lo que siempre me enseño: “Calma, hija… Va a pasar“.
Aprendamos a convivir con lo pasajero depositando siempre nuestra esperanza en Aquel que es eterno. ¡También estoy aprendiendo a vivir así!
Dijanira Silva
Comunidad Canción Nueva










