Recomendaciones útiles a los fieles
Las dos partes que constituyen, de algún modo, la Misa, o sea, la Liturgia de la Palabra y la Liturgia Eucarística, están tan íntimamente ligadas entre sí, formando un solo acto de culto. Nadie debe aproximarse a la mesa del Señor, sino después de haber estado presente en la mesa de su Palabra. Es de máxima importancia, pues, la Sagrada Escritura en la celebración de la Santa Misa.
La lectura de la perícope evangélica está reservada al ministro ordenado, o sea, al diácono o al sacerdote. Las otras lecturas, de ser posible, deben ser confiadas a quien haya recibido el ministerio de lector o a otros laicos, preparados espiritualmente. La primera lectura continúa con un Salmo responsorial, que hace parte íntegramente de la Liturgia de la Palabra.
La homilía tiene como fin explicar a los fieles la Palabra de Dios, proclamada en las lecturas, y actualizar el mensaje de la misma. Compete, por tanto, al sacerdote o al diácono realizarla. (Homilía)
La proclamación de la Oración Eucarística que, por naturaleza, es como que el punto culminante de toda celebración, está reservada al sacerdote, en virtud de su ordenación. Es un abuso, por tanto, dejar que algunas partes de la oración sean dichas por el diácono o por un ministro interior o por lo menos por los fieles. Mientras, la asamblea no queda pasiva y inerte: se une al sacerdote en la fe y en el silencio y expresa su adhesión a las diversas intervenciones bajo la dirección de la Oración Eucarística.
Oración Eucarística: las respuestas al diálogo del prefacio, el Sanctus, la aclamación después de la consagración y el amén final. En particular, debería ser valorizado con el canto, porque es el amén más importante de toda la Misa.
Modificar las oraciones Eucarísticas aprobadas por la Iglesia o adoptar otras diversas, de composición privada, es abuso gravísimo.
La comunión Eucarística es un don del Señor, que es dado a los fieles por intermedio del ministro ordenado para eso. No admite que los fieles tomen ellos mismos al propio Pan consagrado y el Cáliz Sagrado, y mucho menos se admite que los fieles se lo pasen unos a otros.
El fiel religioso o laico, que está debidamente autorizado como ministro extraordinario de la Eucaristía, podrá distribuir la Comunión solamente cuando faltan los sacerdotes, o el diacono o un acólito, o cuando el sacerdote esté con impedimento o por algún otro motivo de enfermedad o por causa de la edad avanzada. O cuando el número de fieles que se acerca a la comunión es tan grande que hará demorar excesivamente la celebración de la Santa Misa.
Se recomienda a los fieles que no se descuiden, después de la Comunión, de una justa e indispensable acción de gracias, querer en la propia celebración – con algunos momentos de silencio o de una melodía, o de un salmo, o también otro canto de alabanza – al terminar la celebración Eucarística permaneciendo posiblemente en oración durante la invitación de un conveniente espacio de tiempo.
Del libro: ” Os sete sacramentos”,
Prof. Felipe Aquino










