Uno de los ruidos a los cuales estamos expuestos es el de nuestra sensibilidad, la de nuestras emociones, de nuestros sentimientos ante situaciones como esta:
“Señor, ¡quiero tanto una grabadora!”
La sensibilidad ya comienza a moverse.
“Ah, ¡que genial! Va a ser una muy bonita. Nunca tuve una grabadora, quiero una espectacular, de último modelo”
Tu sensibilidad ya está encendida, porque quieres comprar una grabadora, pero ¿de dónde viene la respuesta? Proviene todavía de tu propia sensibilidad.
“Ah, tengo miedo, pero siento que Dios quiere que compre una grabadora. Pero, ¿será que voy a conseguirlo? ¿Voy a conseguir comprar la grabadora que quiero? No tengo dinero, y no voy a poder pagarla ¿Será que le daré uno en realidad? …
Tu sensibilidad puede ser tanto positiva como negativa. Ante el hecho de tener que dar una charla, tener que predicar, por ejemplo, sientes que mueres de miedo y poseído por este miedo, piensas que Dios no quieres que prediques, pero ¿Quién no lo quiso fue el Señor o fue tu miedo? ¿Fue respuesta de Dios o de tu sensibilidad? O, por el contrario, te entusiasmas con la idea de dar una charla, de predicar, lo sientes, sientes esa exuberancia:
“Voy a predicar, creo que Dios lo quiere”
Este “creo que” lo destruye todo. ¿Quién creyó? ¿Dios? ¿Tu sensibilidad? Debemos aprender, entre los muchos ruidos, debemos encontrar la respuesta del Señor para cada hecho en cada circunstancia.
Monseñor Jonas Abib
Fundador de la Comunidad Canción Nueva










