A veces oigo: ¿Por qué permite Dios que suceda lo que está sucediendo? ¿Por qué mucha gente honrada y buena está pagando las consecuencias de tanta violencia? ¿Por qué tenemos que vivir con miedo de que nos maten, nos secuestren, nos torturen, nos amenacen a nosotros o a nuestros familiares?
Es obvio que la violencia no fue concebida hace cuatro o cinco años, y que sus causas son diversas. Entre otras, cabe mencionar la desintegración familiar; la corrupción de políticos, funcionarios y autoridades de diversos niveles; bajo nivel cultural y educativo; relativismo ético y perversión moral en muchos programas de televisión.
Pero entre tantos factores es necesario reconocer que la comodidad, la cobardía, la indiferencia política y social, junto con el egoísmo de todos los ciudadanos, que nos convierten en cómplices mudos.
Ahora nos rasgamos las vestiduras y queremos que las penas a los delincuentes sean muy severas. Que las autoridades sean honradas y eficientes cuando nos hemos acostumbrado a sobornar, a callar, a aceptar el divorcio y la infidelidad matrimonial que ha enviado a la calle a millares de infantes.
Nuestro sistema laboral, por otra parte, marca enormes diferencias económicas entre los empresarios, los ejecutivos y los obreros. Los tristes y graves contrastes sociales comienzan en las empresas, a diferencia de lo que sucede en los países más desarrollados del planeta.
La educación en nuestros hogares está al margen de los problemas sociales. El egoísmo no sólo es individual sino también familiar. Estamos acostumbrados a desentendernos de la miseria económica y cultural que reside dentro de nuestras fronteras. México no es uno sólo, somos muchos y muy diversos, tristemente desconocidos entre nosotros.
Por otra parte, no son pocos los que se han hecho a la idea de que el gobierno les resuelva sus problemas. Pero aquí cabe una pregunta básica: ¿En qué se apoya la estructura moral de los gobernantes?, ¿en un civismo vago y patriotero?, ¿en una moral de corte liberal?, ¿en un subjetivo pragmático y partidista? Si es cierto que varios de nuestros políticos se formaron en escuelas privadas y católicas es necesario reconocer, pues, carencias en la formación moral que se ha impartido en algunas instituciones y, especialmente, a la falta de coherencia personal de bastantes servidores públicos.
Tal parece que la delincuencia, la corrupción y la violencia de “los malos”, al igual que el egoísmo silencioso de “los buenos”, seguirán presentes en nuestra sociedad mucho años más.
La solución a todo ello está en nuestras manos, pero la labor ha de ser como la del agricultor que, haciendo en cada momento lo que debe, tendrá que esperar a recoger la anhelada cosecha después de preparar, sembrar, abonar, regar y podar con mucho cuidado y atención. ¿Estaremos dispuestos a ello?stos a ello?
Padre Alejandro Cortés González-Báez
Nuestro columnista desde México










