Lo que hace falta es volver a creer en la pareja.
Las estadísticas no dejan lugar a duda. Unirse en santo matrimonio, o “casarse por
Iglesia”, siempre fue una lucha secular (milenaria) de la Iglesia, en los últimos tiempos se asentó peligrosamente esta tendencia. Los misioneros laicos de una parroquia, en cierta ocasión, recorrieron los domicilios de un barrio, en el cual la gran mayoría se profesaba católica. Vieron que más del 80% de la población no era realmente casada (por civil), y más del 90% de los católicos no tenían un casamiento bendecido por la iglesia. Los jóvenes tenían la costumbre de “juntar sus cosas” e ir a vivir juntos. Eso de “casarse con papeles “siempre quedaba para después; o sea, nunca más. Estas parejas se ven limitadas en su plena participación en la iglesia. Es una deficiencia de raíz, para formar una buena familia. Lo que es interesante son las razones de este procedimiento.Sin explorar todas las razones que pueden originar esta vida sin la certeza de la gracia de Dios en la familia, voy a detenerme, sobretodo, en uno de ellas. Y la característica, descrita por Jesús, la perpetuidad del matrimonio: es decir, el matrimonio no debe ser disuelto por la separación. Esta exigencia viene para el bien de la pareja y para el bien de los hijos. La Iglesia, acogiendo la enseñanza del Maestro, muestra que la fidelidad perpetua es parte integrante de una familia.
Los novios, aun así, van más lejos que los apóstoles de Jesús. Estos escucharon las exigencias de Cristo sobre el casamiento, y exclamaron así: “Entonces es mejor no casarse”. Los jóvenes y los adultos de hoy dicen: “Entonces mejor juntarnos”. Los casamenteros piensan: “Si el matrimonio fracasa, entonces puedes deshacerlo y buscar otra solución”
Lo que les falta a los novios de hoy en día es un noviazgo serio, bien conducido, con el objetivo de conocer la personalidad de cada persona. La mayoría de las uniones nace de una pasión momentánea, de un relámpago de ardor sexual, de una intuición de una feliz convivencia. No existe la paciencia de un conocimiento más profundo o de la verificación de como su pareja pueda manejar las diferencias. Pero lo que más falta es atreverse a creer en la pareja y saber que la gracia divina estará con todos los que reciben la gracia del sacramento del matrimonio.
Mons. Aloísio R. Oppermann – Arzobispo de Uberaba-MG, Brasil










