Pérdidas y Ganacias en la adolescencia

30/08/2010

Por: Tânia Maria Borges

En primer lugar, me gustaría hacer la distinción entre adolescencia y pubertad. Son términos diferentes, pero estrechamente relacionados.

Pubertad viene del latín “pubes”, que significa vello. Es un proceso biológico que se caracteriza por el

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surgimiento de una actividad hormonal que desencadena los llamados “caracteres sexuales secundarios”, esto es, vello, barba, senos, menstruación, etc.

Adolescencia es un fenómeno psicológico y social. Por ser un proceso psicosocial, tendrá diferentes peculiaridades conforme el ambiente social, económico y cultural en que el adolescente se desarrolla.

La palabra “adolescencia” tiene un doble origen etimológico que caracteriza muy bien esta etapa de la vida. Ella viene del latín “ad” (a, para) y “olescer” (crecer), significando el “individuo apto para crecer”. Deriva, también, de “adolescer”, origen de la palabra adolecer.

Teniendo en consideración este doble origen etimológico, podemos pensar en esta etapa de la vida como: aptitud para crecer (en el sentido físico y psicológico) y para adolecer (en términos de sufrimiento emocional, con las transformaciones biológicas y mentales que acontecen en ese período de la vida). La adolescencia es un momento de intensa turbulencia. El adolescente está viviendo muchos lutos y pérdidas, entre las cuales:
- la pérdida del cuerpo infantil;
- la pérdida de la bisexualidad infantil;
- la pérdida de la dependencia de los padres.

La pérdida del cuerpo infantil

Acontece en la adolescencia inicial, aproximadamente entre los 9 y los 14 años. Es caracterizada, básicamente, por las transformaciones corporales y alteraciones psíquicas derivadas de este acontecimiento.

El adolescente vive la pérdida de un cuerpo infantil con una mente todavía infantil y con un cuerpo que se va a convertir adulto, que teme, desconoce y desea y que, probablemente, no corresponde al cuerpo que él idealizaba tener cuando adulto.

He aquí un gran conflicto que influye en el aprendizaje, en el humor, en la organización externa y en el cuidado con la higiene personal.

Frente a esta transformación, deseada por un lado y por otro, vivida como una amenaza y una invasión, el adolescente busca, muchas veces, un refugio regresivo en su mundo interno, dentro de sí mismo, en sus fantasías, devaneos y sueños, acarreando aislamiento y dificultades en el aprendizaje. Quien convive con él tiene la sensación de que “está lejos”, en el “mundo de la luna”. Muchas veces, sólo físicamente presente.
La desorganización que se encuentra en su ambiente externo – mochila escolar, cuarto, gavetas –puede reflejar como él vive internamente el cambio, la reestructuración de su esquema corporal.

Otras situaciones donde el adolescente revela su dificultad en lidiar con “la pérdida del cuerpo infantil” son las ropas viejas y, muchas veces, sucias, que rehúsa substituir por otras nuevas y limpias y, también, la resistencia que algunos demuestran en relación al baño, generando fricción con los papás. Entrar en el baño significa desnudarse y encarar, visualmente, con los cambios corporales, que, para él, todavía son conflictivas.

Una de las cosas que molestan, en este período, es la dificultad que tiene el adulto en lidiar con la transformación del hijo, acelerando el proceso con permisos inadecuados, haciendo con que el hijo se torne adolescente antes aún de ser púber. Por ejemplo, hoy vemos niños con 7-8 años, frecuentando fiestas nocturnas, con “juegos de luces”, o “de novios”, o usando ropas, maquillajes y bisutería de adolescentes o jóvenes.

Los papás, para no entrar en conflicto con el hijo, promueven este salto. La naturaleza no hace saltos. Todas las etapas son necesarias.

La pérdida de la bisexualidad infantil

La fecundación acontece en el encuentro óvulo-espermatozoide, el femenino y el masculino. Por tanto, somos “creación” de un hombre y una mujer. De esta forma, el niño desarrolla bisexualidad, esto es, vivencia en su personalidad aspectos masculinos y femeninos, en los juegos, en las bromas, etc. Con el desarrollo del cuerpo, de los caracteres sexuales secundarios, con el surgimiento de la menstruación, en las jovencitas, y de las primeras eyaculaciones, en los jóvenes, la definición de sexualidad adulta se impone a la bisexualidad.

En la pre adolescencia ocurre la formación de grupos homogéneos. El grupo de los chicos (el grupo de Toby) y el grupo de las chicas (el grupo de Lulú). Ellos se encuentran entre sí para la formación de la identidad masculina y femenina. Después, aproximadamente entre 13 y 14 años, el grupo se deshace y el interés se volta para el sexo opuesto.

La pérdida de la dependencia de los papás

Una característica central de la adolescencia es la búsqueda de la independencia. Es un proceso doloroso tanto para el adolescente como para los papás. Estos sienten que están perdiendo los hijos. Aquellos programas que hasta entonces toda la familia hacía junta, ahora debe hacerlo sin el hijo adolescente. El interés se vuelve hacia el grupo. El adolescente también sufre la angustia de la pérdida. Oscila entre una actitud regresiva de “busca de consuelo” de los papás y la agresividad en relación a los mismos.

Esa ruptura con la familia es necesaria para que haya la transformación de vínculos: antes infantil y dependiente, para un vínculo ahora más maduro, más independiente y adulto. Es la búsqueda de definición de su identidad. Es como si él se dijese a sí mismo: “Oponiéndome a mis papás, me descubro como alguien con una identidad propia y no dependiente de ellos”.
La difícil prueba de los papás es que, para el adolescente conseguir esa independencia en relación a ellos es, muchas veces, “desvalorarlos”. Es un mecanismo de defensa por medio del cual él siente que se aleja “sin perder mucho”.

Es una etapa dura, pero necesaria para la definición de su identidad propia, para la construcción de un código personal de valores morales, para la adquisición de vínculos de relacionamiento maduros y adultos que lo prepara para la elección de una carrera profesional, para encontrar su vocación y para vivir relacionamientos interdependientes, esto es, con una capacidad de dependencia recíproca, de dar y recibir.

Al final de la adolescencia, hay el retorno a los papás, pero en una nueva relación, basada en la reciprocidad y no más en la dependencia, donde, inclusive, este hijo es capaz de asumir compromisos profesionales y mantenerse independiente, económicamente, de los papás.

El límite que educa

Para que la adolescencia transcurra de una forma saludable, es necesaria la definición de límites.

Limite es una palabra que, a veces, puede presentar una connotación negativa, como, por ejemplo, “represión”, “prohibición”, “humillación”. Sin embargo, límite significa la “creación de un espacio de protección, dentro del cual el niño o el adolescente podrá ejercer su espontaneidad y creatividad sin recelo y riesgos”.

La definición de límites es una demostración de amor y debe ser iniciada en los primeros días de vida del niño.

Cuando los papás introducen la palabra “no”, en el momento adecuado, están introduciendo en la vida de su hijo la frustración. Por tanto, establecer límites es enseñar al hijo a tolerar frustraciones, a lidiar con situaciones no solamente de victorias, sino también con la angustia, la pérdida, la espera.

Establecer límites es enseñar que tenemos derechos, pero también deberes; que vivimos en grupo, en sociedad y que, por lo tanto, el otro debe ser considerado y respetado.

Muchas veces, el adolescente desea hacer “apenas lo que quiere”. Establecer límites es usar la autoridad de papás para hacerles comprender que la vida no es sólo placer; existe, también, el deber. Y el gran arte de la vida es descubrir que el deber puede ser una elección de realización.

Algunos papás, en ocasiones, pueden no poner límites por ser más “cómodo”. Una vez establecidos los límites, necesitan tener la fuerza necesaria para soportar la turbulencia que los mismos crean . Proteger los hijos es natural y loable. Es un deber de los papás. El problema es sobreprotegerlos. No dejarlos crecer, haciendo por ellos aquello que ellos ya son capaces de hacer. Amar es darles oportunidad de crecer, de asumir responsabilidades por sus elecciones.

Cuando los hijos siguen su propio camino como personas realizadas, felices y maduras están dando un “certificado de competencia a los papás”, que consiguieron entender que ellos son personas únicas, irrepetibles y libres, que no les pertenecen, dotados de un potencial maravilloso, de todo lo que necesita para vencer en la vida, pues son hechos a la imagen y semejanza de Dios” y ellos, papás, son “compañeros de viaje” en esta maravillosa aventura que es VIVIR.

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