Hoy me presento delante de tu corazón adorable, espejo de humildad y mansedumbre, y te ruego que reflejes sobre mí un rayo de tu mansedumbre y humildad.
Tú, tan manso y humildad, me pones delante de tú corazón para que de él aprenda y obtenga estas virtudes tan necesarias para conservar la paz la tranquilidad.
Dice un refrán: “quien mucho practica mucho aprende”, por eso quiero frecuentarte e imitarte lo que más pueda; ya me parece sentir que empiezo a amarte.
Haz que yo ame lo que tú más quieres: la humildad.
Enciende en mí llama de tu amor; que produzca en mi corazón un gran amor por las humillaciones, aquellas humillaciones que conducen a la adquisición de la humanidad, aquellas humillaciones que nos enseñas en este Sacramento.
Del libro: “El Sagrario”










