Pecados públicos

16/07/2010

La socialización de la noticia es un hecho nuevo.

No me quejo. Solamente constato. Esta cada vez más difícil reconciliarnos con los errores cometidos. El motivo es sencillo. La vida privada ha terminado. El acontecimiento particular pasa a pertenecer a todos. La Internet es un recurso para que esto ocurra. Los pocos minutos de noticia no se olvidan. Hay un modo de hacerlo perdurar. Quien no vio la noticia podrá verla repetidas veces. Es sólo buscar el camino, teclear una palabra para la búsqueda

Todo ha sido así. La socialización de la noticia es un hecho nuevo, interesante.

internetdentro

Proporciona la información a los que no estaban ante la televisión en el momento que fue exhibida.

La Internet nos ofrece una puerta que nos devuelve al pasado. Me fascina la posibilidad de rever las aperturas de los programas de mi tiempo de infancia. Las imágenes que se mantuvieron vivas en el inconsciente reencontrar la realidad de los colores, movimientos y sonidos.

¿Pero qué hacer cuando la imagen disponible se refiere al movimiento trágico de la vida de una persona? ¿Indigencia expuesta, herida que fue cavada por los dedos puntiagudos de la fragilidad humana? Es demasiado pronto para decirlo. Este nuevo tiempo todavía balbucea sus primeras palabras.

Lo que es seguro es que la imagen eterniza el error, el deslice. Quedará para la posteridad. Quedará resguardada, así como el museo resguarda documentos que nos recordará la historia del mundo. Las cosas de la contemporaneidad. Los recursos tecnológicos nos permiten eternizar la belleza y la fealdad.

Una habla sobre el error que nace de nuestra condición humana. Somos falibles. Es estatuto que no podemos negar. Somos insuficientes, como tan bien sugirió el filósofo francés Blaise Pascal. El bien que conocemos que no siempre llega a nuestras acciones. Todo el mundo comete errores. Algunos más y otros menos. Admitir los errores es una cuestión de madurez. Esperamos que todos lo hagan. Es noble asumir la verdad, aclarar los hechos. Pero, qué es eso. Es necesario asumir las consecuencias jurídicas y morales de los errores. No se trata de sugerir encubrimiento o de solicitar que aflojen las reglas. Quiero sólo reflexionar sobre una de las condiciones que la vida moderna estableció para la condición humana.

He aprendido que el derecho de poner una piedra sobre el error hace parte de toda experiencia de reconciliación personal. Pasar la página, empieza, olvidar el peso del desliz es fundamental para que la persona pueda ser capaz de reasumir la vida después de la caída. Es como arreglar una pieza que se quedo sin encaje. Después de pagar por el error cometido la persona debe tener el derecho de perder el peso de la culpa. El arrepentimiento edifica, pero la culpa destruye.

¿Pero cómo perder el maleficio del error si la imagen perpetúa en el tiempo lo que en el alma no queremos más traer? El hombre hoy perdonado todavía permanecerá preso en  la imagen. La vida virtual no libera lo que es real, pero lo pone en una perspectiva de un juicio eterno. La morbidez del momento no se desvanece de la imagen. Será recordada toda vez que alguien se sentir en el derecho de quitar la piedra de la sepultura. Y así el pasado no pasa, pero permanece digitalizado, listo para encender el sufrimiento moral que la imagen recuerda.

Estamos en la era de los pecados públicos. Acusadores y defensores se enfrentan en muchas áreas de territorios de la vida virtual. Tanto para encender el fuego que indica el sitio donde la victima padece. A algunos el anonimato los anima. Gritan su denuncia como si estuvieran protegidos por un escudo moral. Como si también no cometieran errores. Como si estuvieran en estado de absoluta coherencia. En la comodidad de sus historias conservadas, empuñan las piedras para atacar a los elegidos del momento.

El hecho es que el pecador público ejerce el papel de la victima expiatoria social. En él toda la cólera es depositada porque en él todas las miserias son reconocidas. En el pecado del otro nosotros también queremos purgar el pecado que está en nosotros. En formatos diferentes, pero está. Delitos menores, mayores; no lo sé. Pero delitos. Deslices diarios que nosotros recordamos que somos territorio de la indigencia. El pecador expuesto en la vitrina deja de ser el organismo. En su dignidad negada él se transforma en mecanismo de purificación colectiva. Tenemos que ser cautelosos. Nuestros gritos de indignación no siempre son sinceros. Pueden estar al servicio de nuestros miedos. Al gritar la defensa o la condenación, podemos crear la dulce y temporal sensación de que el error es una realidad que no es nuestra. Asumimos el derecho de excluirnos de la clase de los miserables, porque mientras el pecador permanece expuesto en su miseria, nosotros nos sentiremos protegidos.

Pero esa protección que no protege es la madre de la hipocresía. No podemos esperar crecimiento humano, tampoco el florecimiento de la misericordia. Una cosa es cierta. Cuando la misericordia deja de hacer parte de la vida humana, todo se vuelve más difícil. Es a partir de ella que podemos reencontrar el camino. El error humano sólo puede ser superado cuando aquel que cometió errores encuentra un espacio misericordioso que lo ayude a reorientar la conducta.

En eso todos somos iguales. Acusadores y defensores. O, ¿hay alguien entre nosotros que nunca tuvo la necesidad de ser mirado con misericordia?

Padre Fabio de Melo

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