Se entraña hasta en las obras y los hijos de Dios.
El libro de Sabiduría dice que es por causa de la envidia que el demonio llevó a pecar a nuestros primeros padres en el inicio de la historia de la humanidad. “Dios creó al hombre para que fuera incorruptible y lo hizo a imagen de su propia naturaleza, pero por la envidia del demonio entró la muerte en el mundo, y los que pertenecen a él tienen que padecerla” (Sab 2,23-24).
San Agustín decía que “la envidia es el pecado diabólico por excelencia”. Y se refiere a ella como “la termita del alma, que todo lo corroe y reduce a polvo”.
La envidia es compañera del que no soporta el éxito de los demás y que no se conforma con ver a alguien mejor que él mismo. Desea el mal del otro; y cuando este fracasa, dice en su interior. “¡Bien hecho!”
El primer pecado de los hijos de Adán y Eva fue cometido por envidia: Caín mató a su hermano Abel (cf. Gen 4). Peor que un homicidio (asesinato de un hombre), el crimen de Caín, movido por la envidia, fue un fratricidio (asesinato de un hermano). También debido a la envidia los hijos del patriarca Jacob vendieron a su hijo menor, José, a los comerciantes de Egipto. También por envidia, vimos al rey Saúl odiar a David y buscarle como si fuera un animal para morir. (cf. 1Sm 18,8; 19,1).
La situación más triste que las Escrituras nos relatan, sobre la envidia, es el de la muerte de Jesús. El evangelista San Mateo deja claro: “Pilatos le dijo: ¿No oyes todos los cargos que presentan contra ti? Pero Jesús no dijo ni una palabra, de modo que el gobernador se sorprendió mucho. Con ocasión de la Pascua, el gobernador tenía la costumbre de dejar en libertad a un condenado, a elección de la gente. De hecho el pueblo tenía entonces un detenido famoso, llamado Barrabás. Cuando se juntó toda la gente, Pilatos les dijo: ¿A quién quieren que deje libre, a Barrabás o a Jesús, llamado el Cristo? Porque sabía que le habían entregado a Jesús por envidia” (Mt 27,18).
Ante todo esto debemos ser cautelosos en lo que a envidia se refiere, ya que movidos por ella podríamos practicar muchas injusticias.
Cuantos chismes, maledicencias, intrigas, peleas, luchas, calumnias, odios, etc… llegan sucede por causa de la envidia. Lo peor de todo, para nosotros los cristianos, es constatar que la envidia se entraña incluso en las obras y en los hijos de Dios. Podemos decir con seguridad que muchas rivalidades y disputas que surgen también en el corazón de la Iglesia, tristemente, son causadas por la envidia, los celos y el despecho.
En vez de alegrarse con el éxito del hermano en el trabajo para el Reino de Dios, muchas veces nos resentimos por envidia, porque no conseguimos el mismo éxito. ¿Lo que importa al final es mi éxito, el éxito del otro o el crecimiento del Reino de Dios y la salvación de las almas? La envidia es una perversión.
San Agustín nos ayuda a comprender la gravedad de este mal: “Terrible mal, virus de la mente y fulminante corrosivo del corazón es envidiar los dones de Dios que el hermano tiene, se siente desafortunado por causa de la fortuna de los demás, se atormenta con el éxito de los demás, comete un crimen en lo secreto del corazón entregando el espíritu y los sentidos a la tortura de la ansiedad; se destruye con su propia furia”
Prof. Felipe Aquino










