Cuando vivía en Nazaret, mi Comunidad me había pedido que trasladara nuestra pequeña casa a Jerusalén. Tenía por lo tanto que arreglármelas para encontrar una vivienda, cosa casi imposible en la Ciudad Santa
cuando uno no cuenta con un salario, ni con una nómina fija. Habíamos orado mucho y también invocado a San José, ¡el gran especialista en viviendas, como ustedes lo saben! Los meses transcurrían, y nada se perfilaba en el horizonte. Al abrir la Biblia, durante una de esas oraciones, el Señor nos dio este versículo: “Lo haré rápidamente, a su tiempo” (Is 60, 22)Efectivamente, después de haber experimentado un cielo cerrado por largos meses, una avalancha de acontecimientos se precipitó sobre nosotros aquel verano de 1981, ¡y en menos de 24 horas nos encontramos en una pequeña casa privada en pleno corazón de Jerusalén! Antiguos moradores de la ciudad aún no comprenden cómo ocurrió. ¿Por qué ese día y tan rápido? Dios lo sabe… ¡Había preparado su golpe! ¡Si hubiera actuado de otra forma, dada las personas involucradas en ese contrato y un cierto cúmulo de circunstancias, jamás hubiéramos podido obtener esa casa! Dios había elegido para nosotros aquella casa simple y modesta.
Después de la mudanza, desde la primera noche, nos miramos atónitos, conmovidos por el favor insigne que el Cielo nos había reservado. La pared del jardincito nos separaba apenas un metro del barrio de Mea Shearim, barrio de los judíos piadosos de Jerusalén, por lo tanto, de todas las sinagogas y yeshivot (casa de estudio de la Torá) de los alrededores, de donde se elevaban largos quejidos, melodías desgarradoras cantadas en tono menor por profundas voces masculinas. ¡Los hijos de Israel conmemoraban la destrucción del Templo! Aquel día era el Tisha Be Av, que es el noveno día del mes Av, fecha de la destrucción del Templo, lo habíamos olvidado. Las lamentaciones leídas – más bien lloradas – en hebreo, llenaban la atmósfera y penetraban nuestros corazones al igual que nuestras entrañas. En ese desgarro y esa belleza, aquella velada Dios vino a sellar la vocación de nuestra casa y de nuestras vidas.
“¡Lo haré rápidamente, a su tiempo!”Sí, nos hacía falta llegar a ese día, a esa hora precisa, en ese preciso lugar, para dejar que el destino de Dios se imprimiera en nosotros en cuanto a nuestra presencia en Jerusalén. Las “tardanzas” de Dios son muy interesantes, ¡esconden siempre un plan mucho más bello que el nuestro!
Del libro: “El niño escondido de Medjugorje”
Sor Emmanuel Maillard










