«No puede verme el hombre y seguir viviendo»(Ex 33,20)
En cierta ocasión vio Daniel a Gabriel, siervo de Dios, e inmediatamente se turbó en su ánimo y cayó sobre su rostro. No se abrevió el profeta a responder hasta que el ángel adoptó figura de hombre (cf. Dan 8,17 y 10,15-16). Y si la visión de Gabriel suscitaba temor en los profetas, ¿acaso no hubiesen perecido todos si el mismo Dios se hubiese dejado ver como es?
No se nos ha dado conocer la naturaleza divina con ojos corporales; pero por las obras de Dios podemos alcanzar una idea de su poder, según lo que dice Salomón: «Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas se llega, por analogía, a contemplar a su Autor» (Sab 13,5)4. No dice simplemente que por las criaturas se deduzca al creador, sino que añadió: por analogías. Pues Dios parece tanto mayor a cada uno cuanto mayor sea la contemplación de las criaturas adquirida por el hombre. Y cuanto más ha sometido a su propio ánimo a la contemplación, mayores son el conocimiento y la imagen que tiene del mismo Dios.
¿Quieres conocer que no es posible llegar a abarcar toda la naturaleza de Dios? Aquellos tres jóvenes que iban camino del fuego exclamaban celebrando a Dios con alabanzas: «Bendito tú, que sondeas los abismos, que te sientas sobre querubines» (Dan 3,55). Y ahora te pregunto: «Dime cuál es la naturaleza de los querubines y piensa entonces cómo es aquel que se sienta sobre ellos». Por su parte, el profeta Ezequiel, en cuanto era posible, hizo una descripción de los mismos diciendo: «Tenían cada uno cuatro caras» (Ez 1,6): el primero, de hombre; el segundo, de león; el tercero, de águila; el último, de toro (cf. Ez 1,10). También «cada uno tenía seis alas» (Is 6,2) y ojos por todas partes, y avanzaban como sobre una rueda en cuatro direcciones (cf. Ez 10, 11-12). Sin embargo, incluso tras esta descripción del profeta, no podemos llegar por la lectura a comprenderlo todo. Pues si no podemos comprender siquiera el trono que ha descrito, ¿cómo podremos abarcar al Dios invisible e inefable que en él se sienta? Es ciertamente imposible escrutar de modo íntimo la naturaleza de Dios, pero sí se puede tributar gloria y honor al que conocemos por sus obras.”
Cirilo de Jerusalén, Catequesis bautismal, 9,1-3










