Estamos al servicio de Aquel que reina para siempre
Cristo murió y resucitó para darnos vida nueva y no para continuar en la vida de pecado, pues el hombre viejo fue crucificado con Cristo.
Por el bautismo fuimos introducidos en la vida nueva de Cristo, por lo tanto, todo lo que era viejo pasó,
todo se hizo nuevo. “Y si hemos muerto con Cristo, creemos también que viviremos con él” (Rm 6,8).Muchas veces, no asumimos esta vida nueva que Cristo adquirió con su sangre y con su cruz, también, con su resurrección. Y permitimos que nuestro cuerpo sea dominado por el hombre viejo, por las prácticas de la vida pasada que están latentes en nosotros, por los apetitos carnales que nos llevan al pecado. Acabamos, por lo tanto, acostumbrándonos con el pecado y somos conducidos por él. No podemos someter nuestros miembros al servicio del pecado, sino al servicio de Dios, en el amor, en la justicia y santidad.
Muchos ofrecen sus miembros para destruir a los otros y a sí mismo. Nuestras manos no pueden ser instrumentos para el robo, para matar o para la masturbación, sino para alabar al Señor y tocar a Aquel que es Santo.
Nuestros ojos no pueden ser instrumentos de codicia y pecado, sino que debemos en el Señor y mirar a los demás con pureza; nuestras piernas no pueden ser usadas para llevarnos lejos de Dios y sí, acercarnos al Señor; nuestra boca debe ser usada para recibir el cuerpo de Cristo, cantar y hablar las alabanzas del Señor, palabras puras y benditas, y no para hablar de cosas impuras, como groserías, chistes, maldiciones, etc.
Lo mismo debe ser con nuestros oídos, no pueden ser usados para oír músicas o chistes impuros, sino purificados para que escuchemos la voz del Señor, su palabra.
Y, también, nuestra sexualidad y nuestra genitalidad, como don de Dios, no pueden ser instrumentos o estar al servicio de la impureza, depravación, sino para santificarnos.
“Que no venga el pecado a ejercer dominio sobre vuestro cuerpo mortal; no se sometan a sus inclinaciones malas; ni le entreguen sus miembros, que vendrían a ser como malas armas al servicio del pecado. Por el contrario, ofrézcanse ustedes mismos a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, y que sus miembros sean como armas santas al servicio de Dios” (Rm 6,12-13).
Sin embargo, estamos al servicio de Aquel que reina para siempre, el Señor. Fuimos liberados del pecado por causa de su entrega total; por este motivo, no podemos someternos más al yugo del pecado, y sí, buscar nuestra libertad.
Nuestro cuerpo necesita estar enteramente al servicio de Dios y no sólo a medias. Sé, también, que en nuestro cuerpo hay marcas del pecado que quieren arrastrarnos para el mal, principalmente la marca de la sexualidad, pero permanezcamos firmes en la gracia del Señor y ofrezcamos a Dios nuestro templo, el cuerpo.
“Yo quisiera acomodar estas cosas a nuestra capacidad tan limitada. Hubo un tiempo en que entregaron sus miembros y los hicieron esclavos de la impureza y del desorden, progresando en el camino del pecado; pero ahora, háganlos servidores de la justicia y de la santidad, hasta llegar a ser santos. Pero ¿cuáles fueron los frutos de esas cosas que ahora les dan vergüenza? El fin de todo eso e muerte. Ahora, en cambio, ustedes han sido liberados del pecado y sirven a Dios. Ya están cosechando los frutos cuando crecen en santidad y el final será la VIDA ETERNA” (Rm 6,19.21-22).
Padre Reinaldo Cazumba
Comunidad Canción Nueva











17/05/2010 às 16:05
Gracias a Dios por estas palabras de vida eterna! estoy muy contenta porque pienso en llevar mi vida sexual como Dios quiere! Benditos los que estan arrepentidos del desorden de sus cuerpos y alabanza a Jesús por ser la pureza perfecta hecha hombre. Gracias por mirarnos con dulzura, amor y por corregirnos!
amén, aleluya!