¿Dónde estaban los amigos aquella noche?

31/05/2010

Sobre el caso de un sacerdote que fue detenido en estado de ebriedad, cuando estaba conduciendo; resultado de la mezcla de alcohool y remedios. La prensa brasilera se dio al ataque con imágenes hasta humillantes ante algo que parece ser un caso montado.

Después de escuchar la triste noticia que involucra al Padre Silvio Andrei, traté de ponerme en su lugar y traté de interpretar lo que había ocurrido en su corazón en aquel día y como él estará viviendo estos  momentos.
Así que, hice la siguiente reflexión: ¿Donde estaban los amigos que me invitaron para participar de la boda? ¿Donde fueron aquellos que conmigo bebían y festejaban y quizás hasta se burlaron del estado en que me encontraba? ¿Nadie ha visto que yo estaba con un comportamiento distinto después de que bendije aquella boda?

De hecho, me quede sólo, descontrolado y sin rumbo. Fui invadido por sentimientos y deseos que

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conscientemente nunca habrían tenido espacio ni visibilidad en mi. ¿Hasta qué punto puedo contar con amigos de verdad, amigos que alrededor de la mesa y en los desequilibrios de la vida cotidiana son capaces de dar todo hasta la propia vida, si es necesario? Sé que el humano, marcadamente frágil, tomó el lugar de lo divino, profundamente fuerte. El mal actuó, porque yo estaba sólo.

¡Como sentí en aquella noche, la falta de un amigo verdadero! No hubiera pasado por ese vejamen, no  hubiera sido tratado como marginal, como trapo humano, ridiculizado por la televisión ingrata y sensacionalista, que cuenta sólo el rating, o índice de audiencia creado sobre la desgracia del otro. Sin preocuparse por el ser humano, el pecador es pisoteado, maltratado, sin piedad. Los derechos humanos desaparecieron inmediatamente.

Lo importante es el pecado y la desgracia de los demás. Lamentablemente es siempre así. Ridiculizado, no por la culpa, sino por los actos conscientes o no. En aquel momento no valió de nada mi pasado, nadie me reconoció, nadie me conocía, me metieron el el fuego del infierno. Fui tirado y esposado como un criminal, perdí la identidad de ser humano.

El dolor del pecado es grande. La cruz en este calvario pesa demasiado. Nunca me pasó por la cabeza vivir momentos tan difíciles. Ahora necesito vivir estos momentos intensamente, sin mirar atrás, intentando arreglar el pasado. Hoy vibran en mi interior y en mi corazón las Palabras del Maestro: “Quien esté libre de pecados que tire la primera piedra. ¿Donde están los que te condenan? Nadie te ha condenado, yo no te condeno, vete y no vuelvas a pecar “

Qué bien me hace traer al corazón la Palabras de Aquel que me llamó, y que continúa contando conmigo. Lo sé. No sólo sé, sino que tengo la seguridad. Mi madre, la Iglesia en la que yo soy un siervo. Ciertamente ella no me abandonará, porque ella es mi madre.
Soy lo que soy. Hice lo que hice. Estoy muy arrepentido. La justicia humana juzgará. Siento que delante de Dios soy tratado como hijo, soy querido como siempre fui, porque conozco al Padre que tengo. Me aparté, herí mi corazón y el corazón del padre, de mi familia humana y espiritual. Manché las vestiduras de mi ministerio. Mi vocación que nació de manera tan sencilla y creció de forma tan equilibrada, ahora se desequilibra. Sé también, que esta aparente victoria del maligno es pasajera.

Yo sé en quien he creído y voy continuar creyendo, porque el amor de Dios por mi es más grande que cualquier cosa. ¡Él me amó primero, y su amor por mí es verdadero! Yo he fallado, pero Él no falla. Él me ama. Qué bien ne hace tomar conciencia de que, a pesar de todo esto, puedo contar con alguien que me mira a los ojos y me acoge, me abraza y quiere contar conmigo como un hijo.

Mons. Anuar Battisti
Arzobispo Metropolitano de Maringa, Brasil

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