El perdón para el arrepentido es un gesto divino.
El ser humanos es frágil e inconstante. Junto con muchas inclinaciones para la solidaridad y para la rectitud, se siente debilidad para practicar el bien y la rabia injusta contra su próximo. Incluso la mentira y la persecución contra el semejante obtiene guarida en nuestro corazón.
Nosotros, los humanos sentimos la capacidad de ser arboles frondosos, pero nos contentamos con ser arbustos. Por eso, el perdón divino de los pecados nos tranquiliza, porque, después del arrepentimiento, sentimos que tenemos una nueva oportunidad. Podemos empezar una vida sin desconfiar del Padre Divino.
La preciosa sangre de Cristo nos lava. “Por tus llagas hemos sido sanados” (1Pd 2,24). Lo que puede sobrar de nuestra culpa es solamente un pequeño resquicio que los teólogos lo llaman “pena”. La mayor parte (casi todo) realmente Dios perdona. “Tirará en el fondo del mar todos nuestros pecados” (Mq 7,19).
¿Quién todavía va a encontrar una piedra lanzada en los abismos del mar? Así es el Dios justo y bondadoso. Pero el mundo no concede fácilmente el perdón. Juan Pablo II, por el nuevo milenio, pidió perdón por las faltas de la Iglesia en el transcurso de la historia. Pidió perdón por el juicio sumario de Galileo, por las arbitrariedades de los cruzados, por el bautismo sin catequesis de algunos pueblos indígenas… ¿Cuál fue la respuesta? Continúan, en la prensa mundial, las mismas acusaciones, esto es, el perdón solicitado no fue concedido.
La actitud del perdón es aún desconocida para algunas religiones que tienen en sus enseñamientos la convicción de que nadie puede salvarnos, al no ser nuestra dolorosa purificación personal (esto es maniqueísmo).
El perdón generoso para los arrepentidos es un gesto divino. Los hombres pueden tener un corazón de piedra, como podemos ver en algunos lances de la historia. Después de una propaganda horrible e intensa contra el clero y contra las religiones durante las Revolución Francesas y Revolución Española, en las cuales fueron muertos, por instigación de ciertos intelectuales, decenas de millares de sacerdotes y religiosas.
¿Había motivos? No. Simplemente por ser del clero y considerados parásitos de la sociedad.
La actual campaña contra el clero, acusando a todos indistintamente como pederastas, puede ser un gesto de avivar (¿involuntariamente?), el pueblo contra los sacerdotes. ¿Dónde va a parar eso?
Mons. Aloísio R. Oppermann
Arzobispo de Uberaba










