El poder de los dones espirituales

17/03/2010

Una de las primeras cosas que escuché cuando entré en contacto con la Renovación Carismática fue todo ese hablar sobre los “dones del Espíritu Santo”. Tengo que confesar que al comienzo nos sólo era escéptico sobre este asunto, sino que también frecuentemente me irritaba la manera de hablar de los carismáticos con tanta seguridad de los dones espirituales. Estaba seguro de que deseaba el poder del Espíritu Santo para mi vida cristiana y mi sacerdocio, yo no quería ninguno de los dones y podía prescindir de ellos.

Consulté con teólogos sobre los dones, pero recibí de ellos escaso aliento, hasta que escuché al Padre Grasso, SJ, hablar en el coloquio de teólogos que siguió a la Conferencia Carismática de 1975, en Roma. Él nos regaño a los sacerdotes y teólogos muy críticos acerca de los dones. Él dijo que necesitamos proclamar que la Iglesia necesita los dones más que nunca. Sin embargo, una cosa es saber sobre los dones y otra experimentarlos personalmente, a pesar que en esos primeros años yo aceptaba gradualmente los dones para otros y no para mí; yo estaba convencido de que no quería complicar mi vida permitiendo que estos dones obrasen en mi sacerdocio.

El cambio se dio durante el primer seminario carismático en Jharsagudda. Justo antes que empezáramos a rezar con la gen te, por medio de la imposición de manos para la efusión del Espíritu, de pronto me di cuenta de que no tenía ni el don de lenguas, el cual, como me habían dicho, era la puerta de entrada para el resto de los dones. En ese momento me acordé también de que solía burlarme de este don y solía citar la Biblia contra él ( 1 Cor 14, 12- 14) En ese entonces me parecía tan desquiciado e inservible que me decía: “¡cualquier don menos ése!” Al menos por el bien de la gente por la cual rezaba pensé que debía someterme al don de lenguas, a pesar de que lo encontraba difícil de aceptar racionalmente. Mientras rezábamos escuché a un hombre al lado mío rezando en sonidos vocales que me parecían repetitivos, divertidos y sin significado.

Yo dije: “Señor, si éste es el don de lenguas yo estoy abierto a rezar de esta manera extraña por el bien de la gene que está delante de mí” Y luego me dejé ir. Desde ese mismo momento el Señor me dio la convicción en la fe, que nunca más he dudado que era el don de lenguas. Desde ese día alabo al Señor e impongo las manos en lenguas.
El hecho de que anteriormente a ese día nada parecía suceder cada vez que rezaba en inglés, y que luego las cosas comenzaron a suceder, es la prueba fehaciente, al menos para mí, del poder tremendo de la oración en lenguas, no sólo para mi vida cristiana sino también para mi sacerdocio. Sometiéndome al don de lenguas siguió el don de profecía, al cual se le puede llamar: “Dios hablando al hombre por el poder del Espíritu Santo”. No recuerdo que nadie cambiara por mis sermones, a pesar de que los preparaba bien, desde ese momento, como me había sometido al don de profecía, encontré que aun mis enseñanzas y sermones más sencillos perecían transformar a la gente de la noche a la mañana. El tercer don al cual encontré sometiéndome fue el don de sanación y liberación.

A pesar de que ya estaba muy involucrado con la RCC en ese entonces, me dije a mí mismo: “ya tengo suficiente con el don de oración (lenguas) y el de la Palabra (profecía). No eran para mí los dones de sanación y liberación sino para personas muy dotadas y santas. Sin embargo, también en este aspecto me di cuenta de que sucedían cosas que nunca antes habían sucedido; había gente que se sanaba y se liberaba. Ahí fue que me percaté de que en la medida en que me acercaba a la gente con interés y amor, con la compasión del mismo Cristo, el poder del Espíritu Santo se derramaba a través del llamado don de sanación. De mi experiencia de los últimos trece años yo diría que sólo el Espíritu Santo puede reconstruir su Iglesia en la medida en que nosotros, los miembros del cuerpo de Cristo nos sometemos sin reserva a la presencia y al poder del mismo Espíritu que obró en Jesucristo (Hch 10, 38), especialmente a través de estos tres done de: lenguas (oración eficaz), profecía (proclamación eficaz) y sanación (amor eficaz)

Padre Rufus Pereira
De su libro “Espíritu Sanador”

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