Aunque a Dios nos hace más grandes
con frecuencia el miedo nos impide hacerlo,
una verguenza cobarde nos invade
como si dar a Dios restara dignidad,
no nos damos cuenta de que al pensar así
estamos deteniendo la acción de Dios.
También la detenemos cuando sólo nos fijamos
en los posibles frutos o efectos de la bendición;
qué difícil nos resulta comprender
que no es a nosotros a quienes corresponde
juzgar en forma alguna el actuar de Dios.
Permitamos con humildad que Dios actúe
sin tratar de cuantificar su obra
y cultivando una fe absoluta en Èl;
atendiendo a las palabras de Jesús,
“según nuestra fe” sucederán las cosas.
Si creemos en nosotros, nada sucederá,
si creemos en Èl, en cambio,
si dejamos a Dios en libertad de obrar
sin tratar de entrometernos en sus misterios,
empezarán a sucederse los milagros.
Muchos desean realizar milagros
y seguramente Dios les permite realizarlos,
pero por esperar el milagro como nuestro
no nos damos cuenta de que ya sucedió,
que ya Dios realizó nuestro deseo.
No confiamos en el milagro silencioso de Dios
porque esperamos más espectacularidad
y como no lo percibimos de esa forma,
dejamos de interceder y nos sentimos frustrados.
Que nuestro frecuente deseo de grandeza
no oculte la verdadera grandeza del Creador,
los grandes signos que obra su misericordia
cada vez que ofrecemos su bendición.
Del libro “La Bendición de Dios” de Àlvaro de Jesús Puerta










