Por cierto, el sufrimiento puede ocasionar cierta rebelión y aún hacer que un corazón se cierre a Dios. Cunado recibimos un golpe, la herida que se forma nos hace más vulnerables: nos volvemos sensibles a toda clase de sugestiones. Es una llaga abierta, una herida que sangra, y Satanás ─en su bajeza ─está más que contento de poder aprovecharse de nuestra debilidad. Meroderrá para intentar introducir en ellas sus venenos. Está claro, nos sugerirá pensamientos y sentimientos que saca del interior de sí mismo a fin de infectar la herida.
Algunos ejemplos:
Desesperación: “¡Mira cuánto has sufrido ya en el pasado! ¡Y ahora con este nuevo golpe, no podrás levantar cabeza! ¡Es demasiado, demasiado! ¿Por qué continuar viviendo desangrándote? Es preferible que termines con tu vida de una buena vez…”
Odio: “¡Mira lo que te hizo esta persona! ¡Es inadmisible! ¡Asegúrate de pagarle con la misma moneda! Pon cuidado en destruir su reputación, su vida de familia, su trabajo…Que no le salga barato..”
Rebelión contra Dios y duda: “¿Pero qué de Dios es este que permite el mal? ¿Creías que te amaba? ¡Y bien, ya lo ves! ¡No tiene tiempo parati; no vas a creer que con los millones y millones de hombre que hay en el mundo se interesa por tu suerte! ¿De que te sirve que pierdas tu tiempo el domingo en misa? ¡Olvídado! Por otra parte, ¿existe verdaderamente?
¡Nunca hay que escuchar esas voces perversas que huelen a azufre!
Hay querechazar estos violentos venenos, aun si acarician tendencias reles en nosotros y parecen dar en la tecla. ¿Qué ganaríamos con ceder? ¡Sufrir aún más y perder la paz! Si vivimos en oración, nos será fácil reconocer el origen de tal discurso: ¡bajo la radiografía del evangelio, esas sugerencias no pasan el test! Contradicen las bienaventuranzas y aumentan nuestras malas inclinaciones. Allí también, la Palabra de Dios nos salva.
Felizmente, muy cerca de nuestra herida abierta, también está Jesús. También él quiere hablarnos, ¡pero qué diferente es su discurso! Su voz humildade y dulce, infinitamente respetuosa de nuestra libertad, se dejará conocer en la oración.
¡No temás, soy yo! ¡ Mírame! Mira mis manos, mis pies, mi costad…Ves, ¡también yo he sufrido! ¡No tengas miedo de nada, estoy contigo! Juntos vamos a salir de esto y triunfaremos…
Allí es cuando Jesús me pedíra un favor:
¿Quiéres darme tu sufrimiento? ¿Quieres darme tu herida?
¿Por qué esta petición? Porque Jesús diviniza todo lo que le doy, todo lo que permito que él haga suyo. Va aún más lejos. Al tomar lo que le doy, lo integra a sí mismo, a su proprio cuerpo. Mi herida se transforma entonces en la suya y él la identifica de tal manera con la suya, que cuando él Padre nos mira, ve tan sólo una herida, la mía en la suya hechas una sola.
¿Y qué há brotado de las heridas e Jesús en la cruz? ¿Acaso amargura, odio, desesperación?
“Por sus heridas, hemos sido sanados”, nos dice Isaías. Fusionadas en las de Jesús, mi propia herida va de esta forma a transformarse en herida de amor, fuente de gracia, de consolación, de paz…Por cierto, el dolor no desaparecerá, pero la unción del amor que lo acompañara la transformará en camino de alegría.
Santa Teresita. Que padeció grandes tribulaciones y sufrimientos físicos escribía: “Cuando llegue al Cielo, podré contemplar, sobre el cuerpo gloriosso de Jesús, mis propias heridas…”
¿Las propias heridas de Teresita? Sì, porque aquí en la Tierra, ante cada nuevo golpe recibido, cada grieta del corazón, se apresuraba a entregarlo todo Jesús. Sabía que él los utilizaría para hacer el bien, según sus urgencias y necesidades: la conversión de un pecador, la liberación de un alma del purgatorio, el alivio de un enfermo, el fortalecimiento de un sacerdote, el consuelo de un niño…
Sabía que, con sus ofrendas, podía saciar la sed de Jesús en la cruz; permitiéndole así realizar con plenitud su trabajo del Salvador: transformar en gracia algo de por sí malo, cambiar nuestras miserables heridas en manantiales de vida.
Sufrir con Satanás nos hace partícipes de su trabajo de destrucción, pero sufrir con Jesús nos transforma en redentores con María y en María, la corredentora por excelencia.
Al igual que el sufrimiento psíquico, la enfermedad es una realidad de doble filo: nos hunde o nos glorifica, según la voz que elijamos escuchar, según el amigo a quien se la entreguemos.
Un día, Vicka padecía fuertes dolores de garganta y le pregunté:
─¿Has orado por tu curación?
─¡No! Nunca pido mi curación, la Gospa sabe lo que es importante para mí, no necesito pedírselo. ¡Pero oro por la curación de los demás! Quisiera decirles a todos los enfermos que, cuando la Gospa aparece, oro primero especialmente por ellos y luego por los demás.
(¡Esto explica sin duda por qué las apariciones duran más para Vicka que para el resto de los videntes!) .
─Veo que permaneces feliz en tu enfermedad, ¡es fantástico! Muchos desearían poder hacerlo. ¿Cuál es tu secreto?
─Para mí, ¿sabes?, el sufrimiento y la enfermedad son dones y estoy feliz de recibirlos. Agradezco a Dios con todo mi corazón aquellos regalos. Quisiera animar a los enfermos a que oraran así: “¡Oh Señor, a través de mi sufrimiento, haz que tenga algo que ofrecerte! Todo lo que te pido ahora, ¡es la fuerza y el valor de llevar mi cruz con todo el amor de mi corazón y con alegría!”.
─¿Así oras tú, Vicka?
─Así me lo há enseñado la Gospa. Personalmente, estoy feliz de haber sufrido y de haber podido ofrecer mis sufrimientos a Jesús, pues lo sé, si ofrezco así mis sufrimientos, lo ayudo. La Gospa me dijo: “Hoy, muy pocas personas acogen verdaderamente sufrimientos como un regalo”. Entonces, de todo corazón, quiero decir que el sufrimiento es un gran don. Hablo así porque lo he experimentado en mí. El sufrimiento es un don porque, mediante él, los planes de Dios se realizan en favor de aquellos que están cerca de nosotros y tambien en los que están lejos. La mejor ofrenda que podemos hacerle a Dios es la de nuestros sufrimientos y nuestras enfermedades.
Fuente: El niño escondido de Medjugorje









