Basado en el Evangelio del ciego de Jericó Mc 10, 46 – 52
Necesitamos reconocer a Jesús como Rey y Salvador, gritar su nombre, es reconocer que necesitamos de socorro y ayuda.
Los mismos que mandaron callar al ciego cuando gritaba a Jesús, fueron los mismos le dijeron coraje, levántate el maestro te llama. Jesús miró al ciego y le preguntó: “¿Qué quieres que te haga?”
Lo interesante es que aunque todo el mundo sepa lo que necesitas, eres tú quien tiene que decir a Jesús lo que precisas. Y el ciego respondió: “¡Maestro que yo vea!”
La peor ceguera es aquella que no queremos ver, tú no quieres cambiar de opinión, estás equivocado y todo el mundo lo sabe, sólo tú no quieres ver, y vives el síndrome de “Gabriela”, un personaje conocido aquí en el Brasil por decir: “Yo nací así, yo pienso así y así voy a morir”. Querer quedarme sólo con mi punto de vista eso es no querer ver.
Es necesario querer ver, es decir nunca perder la capacidad de ver a quien está a tu lado, conocer hasta el olor de tu hijo, para que, en el día que llegue a casa con un olor diferente, cuando lo abraces, puedas sentir y preguntarle: ¿Qué olor es este? Esto es no perder la visión.
Hoy debemos pedir al Señor la gracia de volver a ver. El Señor dice a aquel hombre: “Ve, tu fe te salvó”. Y aquel hombre de estar sentado en la vera del camino, fue llamado a seguir al Señor. No puedes parar y decir: ¡ah, aquellos tiempos eran buenos! Cuidado, no puedes detenerte, Aquellos tiempos eran buenos, pero hoy tiene que ser mejor todavía. Este tiempo en que vivimos ahora, el hoy, este tiempo, ¡es mucho mejor!
Por lo tanto si estás sentado en la vera del camino, hoy el Señor quiere curarte para que puedas seguirlo.
Dunga
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