Nuestro éxito está en amar a los demás
Estas reflexiones se basan en G. Chapman, en el libro “El amor como estilo de vida”. Ser amado, dejarse amar, creer en el amor de Dios, constituyen la alegría de vivir. Solos los amados cambian. El amor es una fuerza transformadora y propulsora. Nuestro éxito está en amar a los demás. El amor no es tan solo una emoción, sino que una decisión, una actitud, una acción. Por lo tanto, decidimos amar, escogemos amar, optamos por amar. Se necesita esfuerzo para ser personas capaces de amar.
He aquí las siete fases del amor:
1 – La gentileza: es la alegría de ayudar a los demás, o inclusive, es reconocer y recibir con afecto las necesidades de los demás. La gentileza transforma encuentros en relacionamientos. La persona gentil quiere servir al prójimo porque le valoriza y le respeta como persona. Las palabras gentiles tienen el gran poder de cautivar y hasta sanar porque expresan reconocimiento, respeto, atención por el otro, son palabras constructivas, cautivantes, salvadoras. La gentileza hace bien a los demás y a nosotros mismos, nos causa alegría y da importancia a los demás.
Gentileza es cortesía, generosidad, respeto, amabilidad. Los gestos más comunes de gentileza son: agradecer, ayudar, informar, sonreír, atender, elogiar, pedir disculpas.
2- La paciencia: consiste en comprender y aceptar las imperfecciones de los demás. Es permitirle a alguien que sea imperfecto. Es entender lo que pasa dentro del otro, acoger sus sentimientos y el motivo de sus actitudes. Paciencia no es concordar, es comprender, no juzgar y no condenar. Nuestra paciencia permite al otro crecer, cambiar tener una nueva oportunidad para mejorar.
Quien tiene conciencia de las propias imperfecciones y cultiva un espíritu positivo, tiene condiciones para ser paciente. La humildad nos vuelve personas dotadas de paciencia, porque salimos de nosotros mismos, sufrimos con la situación de los demás y los acogemos.
3- El perdón: perdonar no es fácil, pero es una actitud sabia y saludable. Quien perdona ofrece al ofensor la oportunidad de ser mejor. El perdón nos libra de las enfermedades, del insomnio, venganzas, odios, que son sentimientos destructivos y posibilita la convivencia, la salud y la felicidad. Perdonar es reencontrar la alegría, la paz interior y social. Perdonar es tener amor de madre, amor sin medidas, amor de misericordia que reanuda amistades y relacionamientos. Quien perdona se hace un bien a sí mismo, comprende las limitaciones ajenas y construye la reconciliación y la paz social.
4- La cortesía: significa tratar a los demás como amigos porque la persona es digna, original y única, valiosa. La cortesía en un ómnibus, en las filas, en mi trato con los vecinos, en el dedicar tiempo a los demás, en el recibir bien a las personas que llegan, en el saber agradecer, prestar atención, pedir disculpas, son inestimables gestos de amor. En lo cotidiano podemos practicar la cortesía por medio del diálogo, pedir permiso, ayudar a los ancianos o a alguien que con dificultades, aceptar las incomprensiones de los demás.
5- La humildad: es saber reconocer los propios valores e imperfecciones y acoger los valores y debilidades de los demás. Humildad es autenticidad, verdad y realismo. La palabra “humildad” viene de “humus” (barro, tierra), que es la raíz de la palabra “hombre”. Somos todos de barro. La humildad está en esta igualdad de dignidad, en la hermandad que formamos a partir del barro, del polvo y hasta del fango. Aceptar la ayuda de los demás, reconocer los errores, afirmar los valores de los demás, alegrarse con el éxito de nuestros prójimos y de su bienestar, todo esto es humildad.
6- La generosidad: Se define como la donación a los demás, es el amor que se dona, que sabe servir, dedicar tiempo a los demás, tener la valentía del desapego de sí mismo y de las cosas para compartirlas. La generosidad es hermana gemela de la solidaridad, de la donación, del don. “Hay más alegría en donarse que en recibir”, enseña la Palabra de Dios. La persona generosa es capaz de renuncias y de sacrificios por el bien ajeno.
7- La honestidad: es decir la verdad con amor, no inventar excusas para justificar los propios errores, hablar de los propios sentimientos y emociones, aceptar los límites personales, como también los dones, las cualidades, los éxitos. La integridad de la persona honesta está en la veracidad de las palabras, en la transparencia de las actitudes, en el compromiso con la verdad.
Mons. Orlando Brandes
Arzobispo de Londrina, Brasil.









