¡Una cena deliciosa!

19/11/2009

Bernadette C. tenía 8 hijos y estos eran todavía pequeños cuando estalló la guerra en 1939. Fue una verdadera tragedia para la familia cuando Oliver, su marido, fue capturado por los nazis en 1940 y enviado a un campo de concentración en Alemania.
Encontrándose sola para criar y alimentar a sus hijos, Bernadette no podía más de cansancio y de pena, con el agravante de que estaba sin noticia alguna de su marido. Esto la consumía día tras día y solo con gran fe en Dios le permitía asumir su tarea y sobrevivir. Por supuesto, ella temía lo peor. ¿Estaría muerto su marido? ¿Lo habrían torturado? ¿Estaría hambriento y esquelético en algún bunker o sótano?
En 1943, ya sin fuerzas, ella oye hablar a Marthe Robin (mísitica francesa) y de Foyer de la Charité de Châteauneuf-de-Galaure (Hogar de la Caridad) el cual en la época estaba todavía en construcción. Decide entonces ir a visitarla, y emprende un largo viaje en tren, debiendo cambiar varias veces de estación, ya que Marthé vivía muy lejos. Bernadette tenía toda su esperanza puesta en ese encuentro, porque, se decía a sí misma, solo una santa de este temple podría socorrerla. En el tren, ella formula la pregunta que ella le hará a Marthé . Agobiada por las mil y una tareas materiales de la casa, absorbida sin tregua por la cocina, la ropa y la limpieza, con la preocupación constante de conseguir un mínimo de dinero para sobrevivir con sus pequeños, Bernadette ya no dispone, muy a su pesar, de la posibilidad de tener los largos momentos de recogimiento y de oración que tanto amaba.
Con una gran sed de Dios, ella le preguntará a Marthe cómo orar en las actuales circunstancias, y aprovechar al máximo ese retiro para sumergirse en Dios, como nunca antes.
Agotada pero llena de esperanza, Bernadette llega a Châteauneuf y se inscribe en la lista de los participantes en el retiro que desean ser recibidos por Marthe. El mismo día de su llegada, la llaman a La Ferme, para una visita de diez minutos. En el camino, ella repite las preguntas que le hará a Marthe, y se prepara a expresar su aflicción por estos tres años de separación sin noticias. Su corazón latiéndole fuertemente, Bernadette entra en el cuarto de Marthe, donde la oscuridad es completa. Apenas sentada en la sillita al pie de la cama, ella se presenta, pero no tiene la oportunidad de decir una sola palabra ya que, enseguida, Marthe comienza a hablarle de la casa, de los niños, los platitos cocinados a fuego lento, las tareas domésticas…¡Exactamente lo contrario de lo que ella tiene ganas de oír! ¡Y ni una palabra sobre la oración! Los diez minutos transcurren así cuando, de repente, justo antes del final del encuentro, Marthe exclama:
-Esto es lo que usted va a hacer: ¡vuelva rápidamente a su casa, ponga la mesa como para una fiesta, y prepare una deliciosa cena para sus hijos!
El golpe es muy duro para Bernadette, que pronuncia con voz velada el Ave María, que concluye la entrevista.
Con gran desilusión ella apronta sus cosas para el viaje y vuelve a tomar el mismo camino, a la inversa, esperando largas horas en las mismas estaciones, y preguntándose por qué había depositado tanta esperanza en un viaje tan decepcionante. ¡Si por lo menos hubiera podido vivir esos cinco días de retiro! Pero ni eso le fue concedido. Su destino, definitivamente, es volver a las ollas y renunciar a los horizontes espirituales con los cuales soñaba. “¡No valía la pena hacer un viaje tan largo e ir a visitar a unas santa tan excepcional para que te diga que tienes que preparar unos platos sabrosos! ¡Sobre todo cuando ni siquiera tienes con qué hacer las compras!”, pensaba ella.
Pero Bernadette obedece y reúne a sus pobres haberes para preparar una cena de fiesta. Y los niños se sientan a la mesa con ella…
Durante la comida, alguien toca el timbre…la puerta se abre…
¡¡Es su marido que vuelve de Alemania!! ¡¡¡Está vivo!!!
-Mira, ¡justamente hemos preparado una deliciosa cena! ¡¡Como para una fiesta!!

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