Ver el bien

01/10/2009

Muchos hechos, actitudes y palabras son vistos de acuerdo con la percepción o la interpretación de quien los observa. Si la formación para la vivencia en la tolerancia, en la buena voluntad y en el verdadero bien del semejante suceder en la formación del carácter de la persona, tendremos una relación más armoniosa en la familia, en la comunidad y en la sociedad. Si no, uno tiende a buscar en el otro el que le interesa y no valoriza sus virtudes. La búsqueda de la derrota del otro se torna, en esa perspectiva, una constante, principalmente cuando se pleitea puesto en el orden político, profesional u otros. Quien inteligentemente sabe valorizar, inclusive al oponente, no necesita usar artimañas antiéticos para derrumbar al otro. Sabe, sí, presentar propuestas válidas que convencen más que usar la táctica de descalificación del otro.

En la época de Moisés, Dios obró en setenta ancianos para que profeticen. Más otros dos, no elegidos, se pusieron a profetizar. A Josué le pareció extraño el hecho y le pidió al referido profeta que los impidiera de hacerlo. Pero Moisés le llevó a los dos por realizar obras buenas (Cf. Números 11, 25-29). De hecho, realizado por los demás, aunque fuera de nuestro grupo o interés, no podemos ser injustos y no reconocer. Cuántos talentos podrían ser más valorizados si fueran reconocidos por la comunidad. ¿Por qué no dejar a los demás que compitan con nosotros? ¿Por qué no reconocer las virtudes de quien hace el bien al semejante?

Muchas veces, por causa de un defecto, incluso pequeño, descalificamos tantos valores o cualidades del semejante. También en el campo religioso, pondríamos unir más fuerzas para servir mejor a la sociedad. No se trata de renunciar a los propios valores, sino reconocer puntos que coinciden con los nuestros. En el campo político, el partidario absolutista puede desviar la causa del bien común. Adversario político no puede ser confundido con enemigo. Los programas y las propuestas partidarias deben ser bien aclarados para el pueblo y no los ataques a los oponentes para derrumbar su moral.

El apóstol Santiago presenta el uso de las riquezas con moderación y no como finalidad, pues son perecibles (cf. Santiago 5,1-6). La justicia y el bien, promovido al semejante, son virtudes que se herrumbran. Por eso, vale la pena colocar todo al servicio del bien común, con toda la hipoteca social que las riquezas presentan. El Documento de los Obispos en la Conferencia de Aparecida (SP), coloca clara la opción evangélica preferencial por los empobrecidos como compromiso de seguimiento a Jesús. Sería un buen programa para todos dedicarse a la promoción del bien de la comunidad.

En la trilla del maestro encontramos su enseñanza, valorizando quien realmente realiza el bien a los demás, sin mirar a su origen, grupo o posición dentro de la comunidad. El bien no tiene partido. Muestra la verdad del don de Dios al ser humano abierto a Su acción para amar y servir. Cuántas personas hacen el bien al prójimo sin ser vistas. Hay ejemplos destacados que la historia nos presenta. Ojalá que nuestros líderes den ejemplos y estimulen a los demás a realizar el bien. Tendremos personas, grupos, partidos, lideres y personas que realmente ayuden a la sociedad en dirección a una realización.

Mons. José Alberto Moura
Arzobispo de la diócesis de Montes Claros, MG, Brasil

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