Una de las características de la personalidad de Jesús que más me fascina es su arte de transformación. Por más abyectas que sean las cosas que caen en sus manos, siempre encuentra la forma de transformarlas en bien.
Hasta los pecados pueden convertirse en perfumes, si se los entregamos con sincero arrepentimiento. La inmolación sobre la cruz (el pecado más grave que el hombre haya podido inventar en toda la historia), se convertido en causa de nuestra salvación. A partir de allí, ¿qué mal pretenderá hacernos daño, si estamos en Cristo? Fácil de decir, menos fácil de vivir, cuando debemos abrir los ojos en las situaciones bien concretas de la vida cotidiana. En muchas ocasiones, Jesús me interpeló sobre este punto.
No soporto la injusticia; es una antigua “alergia” que tiene sus raíces en mi infancia. Bendigo en el Evangelio la parábola de la cizaña sembrada en el campo de trigo por el enemigo, pues comparto la reacción (fuera de lugar) de los servidores que desean ir rápidamente a arrancar la cizaña.
Experimento la misma exasperación y la misma cólera, pero Jesús las contiene. Ésta será la tarea de los ángeles a la hora de la cosecha. Jesús no me pide que trague saliva delante de la injusticia, ni que me muera de impaciencia, sino que más bien descubra junto con él la manera más divina, más eficaz de hacer justicia, la verdadera. Hay que reconocer que mi propia manera no haría sino aumentar los daños.
Un día, Delphine, una persona bastante cercana a mi comunidad, comienza a comportarse injustamente conmigo. La injusticia salta a la vista, es inexcusable y cotidiana. Ella abusa en todos los planos con una inconsciencia manifiesta. Como está saliendo de una adolescencia dolorosa, decido esperar un poco antes de intervenir, confiando que sus ojos se abrirán por sí mismos. Nada cambia por su lado y mi “alergia” a la injusticia hace que la situación se presente a diario a mi espíritu. Me veo urgida a ponerle término mediante una ruptura de relaciones amable pero firme.
Las palabras de ruptura me trabajan constantemente en la mente, lógicas, claras y tan justas. Y esas palabras satisfacen tan bien mi necesidad de restablecer la justicia según mis criterios. Es entonces cuando en el curso de una misa, durante la larga homilía en croara, el Señor hace que vuelvan a mi memoria algunas circunstancias de mi adolescencia. ¡Oh! ¡Qué vergüenza! Me vuelvo a ver en la misma situación que Delphine, ¡pero mucho peor! Como algunos jóvenes que piensan que todo le es debido, había abusado de la bondad de mis padres y de muchas otras personas. Escenas olvidadas y palabras precisas desfilan una por una en mi corazón y me comienzan a doler todo el mal que he cometido en aquel entonces, en la más perfecta inconsciencia.
Algunos minutos de verdad, la verdad de Dios esta vez, transforman mi combate interior. Comienzo a considerar que Delphine es un verdadero regalo, un ángel que la Providencia me envía por amor, por misericordia, para que yo pueda ejercer la misericordia que se me ha tenido en el pasado y de la cual no me he mostrado digna.Dicho de otra forma, esta espina constante que me era intolerable se transformó en un beso de misericordia sobre mi corazón de Aquel que me ama con locura.
Aquel día, decidí servir y ayudar a Delphine haciendo caso omiso de sus defectos. Y, a partir de la mañana siguiente, ella tomó por sí misma la decisión de cambiar de actitud. La dificultad se desvaneció sin que moviera un dedo: Jesús había alcanzado su objetivo en mi corazón; ya no necesitaba dejar esta piedra de tropiezo en mi vida.
¡La pequeña zarza había entregado su diamante!
Del libro “El niño escondido” de la hermana Emmanuel Maillard









