Oh, qué mentira

15/10/2009

Luis ha hecho una sólida carrera, y su pertenencia a la masonería le ha obtenido notables ventajas. Sabe guardar secretos, y secretos…tiene muchos.

Aparentando ser “como todo el mundo”, es en realidad un miembro masón de alto rango. De niño, ha recibido una educación cristiana, pero luego olvidó más de una vez las promesas de su bautismo, por mencionar sólo esas.

Cercano a los 60 años, Luis enferma. Una enfermedad que, salvo un milagro, lo conducirá inexorablemente a la muerte, después de algunos meses de humillantes sufrimientos. Junto con su enfermedad, la angustia se apodera de él, y siente que se forma en su interior una nube cada vez más negra que le produce escalofríos. Ningún calmante le atenúa su mal.

Cierto día viajaba en barco. No teniendo con qué ocupar las largas horas de travesía, acepta tomar un trago con un pasajero, también sólo, llamado Martín. Martín es un experto psicólogo, y lo que posteriormente compartió conmigo de la conversación que entablaron me pareció interesante. Luis rápidamente se da cuenta de que se está tratando con un hombre singularmente cultivado, pero también muy humano y acogedor. Por su porte sencillo, por su sonrisa, Luis se siente reconfortado y comienza a hablarle sobre su vida, sus títulos, sus glorias y sus decepciones…Martín percibe rápidamente la desesperación de su interlocutor, y lo induce delicadamente a que manifieste lo que aún no le ha dicho a nadie:

- Soy un hombre. He acumulado el mal y estoy aterrado por la muerte. Sobre todo por lo que me espera después…

Luis le habla entonces del pacto que firmó con su sangre, entregando su alma a satanás a cambio de algunos logros… ¡pasajeros!

- Soy sacerdote católico -le dice Martín-. No me puse la cruz, pero soy misionero.
- Yo abandoné todo eso hace mucho, mucho tiempo y quedó muy lejos.
- Dios nunca está lejos; Él siempre aguarda el retorno de su criatura. Lo está esperando a usted; todavía puede volver a Él.
- No, mi alma ya no me pertenece más. satanás la ha tomado. ¡Era el trato!
- Usted puede romper su pacto con él. Aún puede reconciliarse con Dios. Estoy dispuesto a escuchar su confesión…
- ¡No puedo confesarme!
- ¿Por qué?
- Porque satanás me advirtió que después del pacto no podría jamás confesarme.
- ¡Ay, qué mentira! ¿Y usted le creyó? ¿No sabe que satanás es mentiroso y padre de la mentira?
El hombre asimila el impacto. Una mentira…¿una mentira? Confundido, sus pensamientos se suceden a velocidad vertiginosa. ¿Cómo pudo haber sido engañado a tal punto? Poco a poco, una leve luz comienza a filtrarse en su corazón que él creía blindado. ¿Una minúscula lumbre de algo que bien podría asemejarse a la esperanza!

- Sí, le ruego escuche mi confesión, murmura finalmente con una voz apagada.

Horas más tarde, cuando el barco llega a puerto, el hombre ha sumergido toda su pobre vida en la misericordia de Dios. En el muelle, hay que despedirse. Luis prosigue su camino y Martín continúa su misión, con el corazón que le baila de alegría. Le vienen a la mente las palabras de Jesús: “Tu hermano que estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”

Y al mismo tiempo, una pregunta lo apremia: ¿Cuántos habrán caído en el mismo sórdido engaño, allí, en las calles, al alcance de la mano? Y esto hace hervir la sangre de su corazón de misionero.

Del libro “El niño escondido” de la hermana Emmanuel Maillard

Un comentario para “Oh, qué mentira”

  1. artur Dice:
    15/10/2009 às 19:10

    Artur…lea ese texto en espanõl.Creo que vá a ayudarlo en tu formacíon cristiana y también en la nueva lengua…dios lo bendiga
    Cynthia

Comentarios