Cuando lo inesperado toca a nuestra puerta

08/10/2009

En lo cotidiano de nuestra vida, envueltos en las tareas y situaciones del día a día, siempre nos olvidamos de algunas cosas básicas, hasta depararnos con lo inesperado. Muchas veces, nos envolvemos tanto con las tareas que acabamos olvidando a Dios, a los hermanos y olvidamos también que nuestra vida aquí es finita. Vivimos como si nuestro tiempo aquí fuese infinito; y así, perdemos tiempo. Dejamos de amar a aquellos que están cerca de nosotros. La finitud de nuestro tiempo hace con que nos esforcemos para aprovechar el tiempo de vida que disponemos y no dejemos pasar en vano ocasiones y momentos irrepetibles. Cada minuto de nuestra vida, al lado de las personas que conocemos y amamos, es único y tiene que ser aprovechado con toda su intensidad. Cada encuentro con el otro es una oportunidad que no se vuelve a repetir.

En el 2002, viví la experiencia de que lo inesperado tocara a mi puerta, cuando mi hermano sufrió un grave accidente de automóvil y fue junto a Dios. En el año del accidente, puedo decir que tuve la gracia de aprovechar breves momentos, intensamente.

Él vivía en Araguaína, una ciudad del Brasil y yo estaba en la misión de Natal al norte del mismo país. Él fue para casa en las vacaciones de fin de año, pero debido a la misión yo no pude ir. Como somos de Pernambuco él estaba a pocas horas de la ciudad donde yo estaba, a la hora de volver para su ciudad, mudó la ruta y pasó, en plena madrugada, a mi casa, para estar juntos. Esta fue la última vez que vi a mi hermano con vida. Fueron pocos minutos, pero vividos como únicos e irrepetibles.

Hoy, comprendo que la conciencia de nuestra finitud nos da la oportunidad para concentrar la atención en lo esencial y que cada persona es única e irrepetible.
Nos enseña a no detenernos en las diferencias, sino a mirar la individualidad de cada uno como riqueza y a vivir cada momento como único.

Así conseguimos vivir el tiempo presente como debe ser vivido: poniendo nuestras preocupaciones en Dios y concentrándonos en la esencia de la vida: Amar y servir. Necesitamos aprender a vivir intensamente cada momento. Aprender a no dejarnos llevar por las tareas y actividades de lo cotidiano, para no dejar pasar en vano los momentos de encuentro con el otro, a no dejar pasar en vano las oportunidades para amar.

Manuela Melo
Consagrada de la Comunidad Canción Nueva

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