María: el poder es servicio

20/09/2009

En el Reino de Dios, el poder es el servicio

Existe una persona de quien nosotros somos estirpe, que con sencillez, con el silencio, nos enseña y muestra que en el Reino de Dios, mayor es aquel que sirve, y esta es la Virgen María. Es lo que el mismo Evangelio de hoy nos enseña (Mc 9, 30 – 37)
Esta es la invitación para todos los que son llamados a estar en esta nueva primavera de la Iglesia que son las nuevas comunidades. Es imposible que seamos nuevas comunidades si no somos totalmente marianos, es imposible configurarnos a Jesús si no nos dejamos formar por Aquella que formó a Jesús.
Debemos estar bajo su protección y formación como Jesús estuvo, porque ella es, por excelencia, la gran formadora, pues ella es quien supo formar al hombre perfecto que es Jesús.
Todo nace primero en el corazón de esta mujer que no temió abrazar durante toda su vida la voluntad de Dios
Parte de la prédica de Verinha

Le preguntaba al Mons. Jonas esta mañana, qué fue lo que más aprendió de la Virgen María, y él me dijo: “Aprendí con Ella a siempre y en todo decir SI a la voluntad del Padre”
Porque la voluntad de Dios no es algo aéreo, es algo que se realiza en cada momento de nuestra existencia. La gracia del si a la voluntad de Dios, ocurre en cada momento, en cada paso de nuestra vida.
Existe en nuestro corazón el deseo de la santidad, que desea hacer del Señor nuestro centro, pero también existe una maldad interior que nos quiere alejar del Señor. Muchas veces como dice san Pablo “hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero”
Nos dejamos llenar, a veces por los sentimientos, los pensamientos, las inclinaciones.

María traía un corazón habitado por la Palabra de Dios, traía en su corazón la presencia de Dios. María tenía delante de sus ojos su pobreza y dice: “Mi alma alaba al Señor, porque ha mirado la humillación de su esclava” … Porque ella sabe que no es mérito sino pura gratuidad del amor de Dios. Dios la ama y ella se deja amar.
Esto es algo muy importante, dejarse amar por Dios. Me he dado cuenta de que la obra de conversión en mí no se da totalmente porque dudo del amor de Dios por mi, porque he dudado mucho del amor humano y no devuelvo a mi alma la capacidad de sentirse amada por Dios.

¿No es acaso el hijo más enfermo que atrae la atención de sus padres? María se pone en esta situación y se sabe mirada por Dios.
Yo comencé muy temprano a caminar en los caminos de Dios. Conocí a Dios desde pequeña, comencé con las noches de alabanza y de encuentro personal con Jesús cuando tenía 12 años, al lado del Mons Jonas y Luzia, hoy tengo 45 años y desde que conocí a Jesús nunca más lo abandoné.
Pero sólo hoy me doy cuenta cuanto necesito de conversión, cuanta rabia, ira, enojo existen aun dentro de mi, pero al mismo tiempo me doy cuenta del amor de Dios por mí, aun en mis miserias. Y solo puedo tener un corazón agradecido como la Virgen María, porque aun en mis miserias, Él me mira, ve la humillación de mi poquedad.

Vivir en comunidad no es fácil, nos decepcionamos, nos traicionamos, nos herimos, sí, comunidad no es todo aquello que imaginamos. Pero es ahí que tenemos que hacer la experiencia de María, que encontró en el servicio su amor a Dios y a los demás. Cuando supo que tenía al Señor en su seno fue rápidamente a servir a santa Isabel, porque ella entendió que amor es servicio, y mayor es aquel que sirve. Servicio es poder en el Reino de Dios.

Ella entendió que amor es mucho más que genitalidad, ella sirvió a su Hijo, a los discípulos, a las mujeres que se hicieron discípulas, luego a nosotros, en la cruz, acogiéndonos como hijos, al recibir a Juan como hijo.
Cuando María entra a nuestra comunidad y cuando nosotros como Juan tenemos el coraje de acogerla y someternos a la formación de la casa de María, ahí nos damos cuenta que las cosas son sencillas, Dios es sencillo, somos nosotros los que nos complicamos.

Hace poco tiempo tuve una experiencia muy interesante. Perdí mi vuelo en el aeropuerto de Lisboa, Portugal, y no tenía dinero ni número de teléfono, nada ni nadie que me pudiera ayudar. Me senté en el piso y lloré. En se momento llegó hasta mí, una mujer africana que me preguntó por qué lloraba, le conté lo que sucedía y me ayudó, luego desapareció. Le pedí entonces a María que me ayudara a encontrar a alguien más que me pudiera auxiliar, porque recordé que Ella es la que sirve, entonces tuve la osadía de pedirle que me sirviera, por favor. Tenía ya la nueva conexión, sabia donde ir para el check in, pero no tenía cómo avisar a las personas que irían a buscarme al aeropuerto que yo llegaría en otro vuelo. Fue entonces que sentí como si una mano me llevase hasta fuera del aeropuerto, ¡donde encontré nada más y nada menos que a un hermano de comunidad que vive en Fátima! Me ayudó, me dio dinero para comer algo, números de teléfono y puede partir para mi misión. Ella actuó en silencio y con discreción.

Ella es discreta, es silenciosa, la que no aparece y no necesita aparecer, es Ella la que nos enseña a hacer el mayor acto de adoración. Y adorar es dar a Dios la perla más preciosa de nuestro corazón, como María dio a Dios la perla más preciosa de su corazón que era su Hijo Jesús, en la cruz.
María no enseña que las dificultades, las pruebas de nuestra vida, son, como la cruz un aparente fracaso, pero que son una victoria a los ojos de Dios. Lo que Jesús sufrió en la pasión en su cuerpo, María lo sufrió en su corazón.

María es grande, no porque se revela a sí misma, sino porque Ella revela el rostro de su Hijo, Jesús y porque ella sirve.
Ella, como los grandes hombres de Dios, los grandes profetas, dijo,”¿Quien soy yo, Señor?”. Y tal vez tú al entregarte a un determinado carisma, como yo lo he hecho tantas veces, también te preguntas “¿quien soy yo?”, Dios sólo responde “Yo estoy contigo”.
Ayer leíamos en la Liturgia la parábola del sembrador, que en realidad es la parábola de la semilla, y vemos en ella que el sembrador no era un irresponsable, sino que era un enamorado de la Palabra de Dios que quería sembrarla en todos los lugares posibles, porque la semilla es la Palabra de Dios que tiene el poder de trabajar y cerecer en nosotros.

María es quien siembra en nuestro corazón el amor a su Hijo, es la que nos trae su presencia, la presencia de Dios entre nosotros, y es la que nos revela que no hay problema que supere al amor a Dios.

Yo tenía la costumbre de decirle al monseñor Jonas: “Mons yo le amo” y él sólo me respondía: “gracias” Un día le dije: “¿Mons. usted no me ama?”, él me dijo: “El amor es la confianza que tengo en que el Espíritu Santo está haciendo una obra nueva en ti. Recuerdo a la Verinha que llegó a esta comunidad sin ganas de abrir la boca, con vergüenza, tímida, que huía de las personas.”
Ahí comprendí que no encuentro a Jesús en mis hermanos, y que necesito encontrarme con Jesús para después poder encontrarlo en mis hermanos.

Cuando tengo grandes problemas, recuerdo que necesito volver a los gestos pequeños: lavar los platos de mis hermanos, arreglar la cama de mis hermanos, jugar con cáscaras de naranja en la mesa a la hora de la cena, cosas pequeñas, cosas de niños. Porque cuando volvemos a los gestos sencillos podemos ver la grandeza de un Dios que nos escoge que nos llama y que todo es gracia y que todo es don. La alabanza sólo brota de un corazón que sabe agradecer porque recibió más de lo que merecía.

María es la que nos enseña a hacer esas nuevas pequeñas cosas, a cantar una canción nueva

Anoche cuando oraba, le pregunté a Jesús: “¿Señor, qué quieres que diga de tu madre?”, Jesús me respondió: “Lo que tenía que decir de mi madre, ya lo he dicho” Y lo encontramos en (Mt 12, 46) “Todavía estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él.Alguien le dijo: “Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte”. Jesús le respondió: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”.Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: “Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre”.
María es aquella que, en todo supo hacer la voluntad del Padre, para que ella disminuyera y Cristo se hiciera grande. María es quien comprendió que servir es poder, y que mayor es aquel que sirve.

Oremos,porque hasta para servir, necesitamos la gracia del Espíritu Santo.
María, engendra a Jesús en nuestros hogares, en nuestras comunidades, engendra a Jesús en nosotros, María, porque cuando él es engendrado, todo se hace nuevo. María engrendra a Jesús en nosotros, para que comprendamos verdaderamente que mayor es aquel que sirve.
Quiero ser nuevo, nueva en la voluntad de Dios en este momento, que ahora me está diciendo: “Mayor es aquel que sirve, es necesario que Él crezca y que yo disminuya” Amén.

verinha
Vera Lúcia Reis
Comunidad Canción Nueva

Prédica durante el Encuentro de las Nuevas Comunidades

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