Muchas veces, nos deparamos con cosas que nos sentimos incapaces de hacer por causa de nuestras miserias. Jesús, en su “testamento”, nos deja una orden que es el gran desafío de cualquier ser humano: “Ámense los unos a los otros” (Jn 15, 12). El mandamiento del amor, mucho más que una simple orden, es un proyecto de vida que sobrepasa la existencia de todo hombre.
Como imagen y semejanza de Dios, que es amor, el hombre tiene por vocación amar, por eso sino la cumple, no encuentra en su vida la verdadera realización y la felicidad. Amar es la vida del ser humano. Alguien quien no ama ya está muerto.
¿Pero quién dice que amar es fácil? ¿Quién dice que la felicidad y la realización son palabras opuestas al sacrificio y al sufrimiento? ¿En medio a un mundo hedonista, impregnaron en nuestra conciencia que la felicidad es hacer y vivir todo lo que, de alguna forma, no cueste nada. Es por eso que cada vez más el mundo se está volviendo individualista y la actitud de amar es cada vez más rara. Amar exige sufrimiento, renuncia, martírio.
Si amar es mucho más que un simple sentimiento, es una decisión y una actitud de vida, lógicamente va a exigir un sacrificio propio. Mucha gente proyecta la vida a partir de un deseo, a veces, un auto, una casa y sacrifica muchas cosas en función a ese deseo. Si el proyecto de los hijos de Dios es amar, necesitamos disponernos a acoger los sacrificios propios de esa decisión.
Estamos acostumbrados a desear que las personas nos amen mucho, incondicionalmente, sin mirar nuestras miserias y limitaciones. Pero cuando llega la hora de amar al otro, ponemos una serie de condiciones. ¿Y el amor incondicional? ¿Y el amor oblación? ¿Y la alegría mayor de dar que de recibir? ¿Y la verdad que el amor que me cura es lo que doy y no el que recibo? No son simples preguntas, sino una verdadera revisión de vida para el cual somos invitados por Dios.
Jesús afirma que si la semilla, en la tierra, no muere ella no da frutos. ¡Amar es morir! Morir para mis deseos y mis carencias y decidirme en traducir en acto la vocación que Dios destinó para mi vida. No hay ningún acto de amor que no exija de nosotros derramar nuestra sangre, un martirio constante que nos lleva a la oblación y a la donación. El amor acarrea sufrimiento, cruz, muerte. Pero trae consigo redención, resurrección, alegría.
Martirio es testimonio. Mártir es aquel que derramó su sangre para testimoniar al mundo un amor mayor. Es aquel que cumplió,con excelencia, su vocación de amar. Dios nos llama a ser hoy mártires del amor, en medio a un pueblo que olvidó que su vocación de amar.
Renan Félix
Consagrado y seminarista de la Comunidad Canción Nueva









