Desde el inicio, la Iglesia fue perseguida. San Justino fue un gran filósofo y estudioso de la Palabra de Dios. Y él sólo encontró una verdad: Jesucristo. Se tornó mártir, porque quiso mostrar al mundo que Jesucristo es el Señor. Mirando a todas las persecuciones por las cuales la Iglesia pasó es posible percibir que no hay diferencias entre la época de inicio con la de ahora, pues también vivimos un tiempo de persecución. Basta entrar en los salones de cines para ver cómo muchas películas tienen como objetivo principal acabar con la fe.
Las cosas no cambiaron, en cada momento enfrentamos la ira de aquellos que no quieren ver el Evangelio siendo anunciado. Eso nos hace recordar de que el siervo no es más que su señor. Y si Jesús, que es nuestro Señor, murió, no puede ser menos para nosotros.
Hoy, somos invitados a asumir una postura diferente ante la sociedad. Cuántos amigos perdemos para el mundo por haberse dejados llevar por diversas ideologías. El cristiano es aquel guerrero que nada contra corriente.
El hombre tiene el deseo de ser feliz y quiere, sinceramente, llenar el vacío que hay en su corazón. Muchos hombres, hoy, se alimentan de la basura de la idolatría, que fue tan combatida por San Justino. No podemos alimentar nuestra fe y nuestra caminata con la basura del mundo. No podemos olvidarnos de que la verdad es Jesús. Cuando nos encontramos con esta verdad, el mundo viene lleno de ira para atacarnos.
En los Hechos de los Apóstoles encontramos las características de los primeros cristianos: la alegría, la fracción de la Eucaristía, el amor fraterno, la división de los bienes… Hoy, es lamentable ver que estamos perdiendo esas características.
Muchos cristianos andan cabizbajos por ahí, olvidándose de buscar al Señor de todo corazón. La idolatría está reinando, muchos cambian el crucifijo y las imágenes de santos por objetos de superstición.
Vivimos en el caos, porque nos olvidamos de nuestra esencia. Cuando perdemos nuestra dimensión, es decir, que fuimos escogidos y acogidos por Dios, no conseguimos ver la felicidad y la salvación.
Los mártires no miraron para la persecución ni para el martirio. Ellos no retrocedieron en su testimonio en Jesús por miedo de ser juzgados por los hombres. Muchas veces, somos llevados a mirar sólo a nuestros problemas, a nuestras debilidades y no conseguimos mirar a Cristo.
El cristiano no debe perderse en sus dolores, pues él es más que vencedor en Cristo. Somos llamados por Dios para decir con coraje, en este tiempo, que somos de Cristo.
Padre Rafael
Fraternidad Salvistas









