Nuestra vida es una constante búsqueda. Aunque no parezca, pasamos toda la vida en busca de algo. Vivimos buscando algo que nos realice y, muchas veces, acabamos por llenar esa carencia en las cosas materiales, en sentimientos y personas que puedan hacernos felices y que nos completen. El ser humano necesita de eso para vivir, o mejor, para sobrevivir.
Perdemos el rumbo de nuestras vidas cuando tentamos saciar la sed que hay en nosotros en las personas. En ese momento de inmadurez, no medimos esfuerzos para realizarnos, para alcanzar el placer, para satisfacer nuestros deseos. Transformamos al otro en auxilio, tratándolo como un objeto que va a sustituir una pieza todavía no encontrada en nuestra vida. Jugamos con el otro y con nosotros mismos.
¡Cuántos de nosotros ya vivió esa situación! Quién sabe, como yo, buscaste o estás buscando llenar ese vacío, llevando una vida afectiva y sexual desordenada o estás viviendo eso en las drogas, en la bebida, en las compras exageradas, entre otros.
Llegamos al fondo del pozo. No aguantamos más, no queremos más llevar la vida de antes, nada nos llena por entero. Pero es en ese momento, en un instante de gracia, que encontramos el verdadero sentido de nuestra vida: Jesús. Por medio del sufrimiento vivido por esa búsqueda, acabamos encontrando a Aquel que siempre estuvo a nuestro lado, y sólo esperaba una mirada nuestra. El Señor viene y se nos presenta, llevándonos a una experiencia con Él y cambia totalmente nuestra vida.
Muchas veces, después del inicio de un proceso de conversión, cuando miramos para nuestra historia, nos sentimos culpados por todos los errores que ya hemos cometidos. Miramos nuestras heridas, nos martirizamos y nos inunda un sentimiento de repulsión de haber vivido todo aquello. Deseamos ardientemente olvidar todo lo que nos sucedió, borrar de nuestra mente y de nuestro corazón. Por mucho tiempo fue el deseo que me inundó.
Llegó un día en que Dios cambió mi mirada sobre mi historia. Me hizo ver que, sin que yo perciba, en todo lo que sucedía en mi vida Él estaba conmigo. Y que, en cada acto desordenado, en el fondo, era a Él a quien buscaba. Aunque sin saber, en cada momento que intentaba llenar el vacío con mis errores, yo sólo buscaba y ansiaba por Dios. Cuando Nuestro Señor me hizo tocar esa realidad, mi corazón se llenó de una gratitud profunda. Él sabía, aunque llevando una vida en el pecado, que mi corazón ansiaba solamente por Él.
Quién sabe estés viviendo una situación de búsqueda en tu vida hoy. Quién sabe estés buscando llenar tu vida con personas o, quién sabe, ya haz encontrado al Señor, pero continúas culpándote por lo ya vivido. Entiende, tú estás buscando o siempre buscaste a Dios. Y Él va a completar tu vida. No lo busques en los lugares errados.
Hoy, yo miro mi historia y puedo decir: “bendito fondo del pozo”, pues me llevó a Dios. Busqué tanto, me herí tanto, pero encontré a quien dio sentido a todas las cosas de mi vida.
El deseo más grande de nuestras almas es el Señor. Nuestro corazón ansía por Dios. Fue a Él quien siempre yo busqué. Al encontrarlo pude entender y digo como San Agustín: “tarde te amé”.
Vete al encuentro de Aquel que puede dar sentido a toda tu vida. Acuérdate: sólo espera por una mirada tuya.
Tu hermano
Renan Félix
Comunidad Canción Nueva
renan@geracaophn.com










30/07/2009 às 19:03
[...] acabar diciendo las cosas a las personas equivocadas y en el momento equivocado. Si alguien me lastimó, erró conmigo, debo dirigirme a esa persona y no hablar mal de ella a todos los que conviven [...]
30/07/2009 às 13:03
[...] reprendido por él. Pues a quien ama el Señor, le corrige; y azota a todos los hijos que acoge. Sufrís para corrección vuestra. Como a hijos os trata Dios, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrige? [...]