El arte de la oración

06/07/2009

Rezar es un acto natural, un capítulo de la antropología, exactamente porque el ser humano tiene una apertura congénita para lo transcendente, lo divino. Rezar también es un acto de justicia con nuestra alma, pues la oración es expresión del espíritu, del alma, del corazón. Y también un acto de justicia en relación a Dios. “En él somos, vivimos y existimos” (Hecho de los apóstoles (17,28).

A oración es, en primer lugar, una terapia, porque pacifica, unifica, ordena la vida, los pensamientos y los afectos. “Los efectos de la oración en nosotros son más visibles que los de las glándulas de secreción interna”, dijo el Nóbel de medicina (1922), el Dr. Alexis Carrel, ateo convertido.

El arte de la oración consiste en que el orante se comunica con Dios, con los demás y consigo mismo y así descubre, encuentra soluciones, recibe iluminaciones y mucha fuerza interior. K. Jung y V. Frankl son sicólogos que exaltan la importancia y la eficacia de la oración, sin la cual, las personas no se curan de sus neurosis. Ellos saben muy bien que la persona orante entra en un nivel alfa, frecuencia profunda del cerebro humano.

Quien no reza está en una situación muy des-confortable e incómoda, porque buscará alivio y sedativo en el alcohol, en las farras, en las drogas y siempre permanecerá víctima del vicio existencial de la soledad. Siempre justificará sus errores y fugas, teniendo necesidad espontánea de ridiculizar a quien reza, como si la oración fuera el “catecismo de los débiles y perdedores”. De hecho, sólo los humildes y auténticos rezan.

Es preciso orar con fe. Creer en el poder de la oración. Rezar es estar con Dios y con los demás. Normalmente, la oración verdadera y profunda lleva a la pasión, al perdón, a la solidariedad. El amor es fruto de la oración. Rezar es un acto de amor y el amor es consecuencia de la oración. Los santos y los místicos son gente de paz, de fraternidad y de acción a favor de los pobres y pecadores. La oración es amor de amistad con Dios que nos lleva al amor servicio para con los demás.

La oración es una “fuerza que mueve el mundo” (Santa Teresita). De hecho, cuántas personas son victoriosas ante las enfermedades, decepciones, injurias. La oración las salvó. Quien reza se salva.

La oración es un puente. La persona orante es fabricadora de puentes, es pontífice. Se derrumban los muros y se construyen puentes con la sabiduría de la oración. Ese puente va desde la tierra hasta el cielo y desde el corazón del orante hasta los hermanos. La escalera de la oración es exigente. Requiere perseverancia. Es un combate.

La oración es muralla, es escudo, es protección, es abrigo, es seguridad. Quien reza está inmunizado contra muchos males. La oración nos protege de las tentaciones. Sin la cual caemos en la murmuración y abrazamos la tentación.

La oración es escuela. El maestro interior es el Espíritu Santo. En la escuela de la oración aprendemos la práctica del bien, la belleza del perdón, la alegría de la convivencia, la esperanza en las decepciones. La oración nos convierte en discípulos, en sabios, en humanos y verdaderos Moisés, que tenía el rostro iluminado después de la oración. Irradiaba el fulgor de Dios.

La oración llena al orante de audacia y coraje, de fuerza y tenacidad, de luz y compasión. Jesús no sólo reza, sino enseña a rezar, principalmente la perseverancia en la oración. Los primeros cristianos eran asiduos en la oración (Hch 2, 42). De hecho, la oración es inspiración de cada momento, recogimiento de oración.

La oración es una rendición ante nuestra insuficiencia y de la paternidad de Dios. La oración es la conversación entre hijos y padre. Por lo tanto, la oración es un tema de amistad, es encuentro de dos consecuencias, de dos intimidades, dos existencias. En la oración acontece el cruce de miradas, de confidencias, de intimidades. Rezar es un acto de amor, un acto afectivo que inflama al orante de amor a Dios y al prójimo.

Mons. Orlando Brandes
Arzobispo de Londrina – PR – Brasil

Comentarios