Desde la antigua alianza, realizada por intermedio de los Patriarcas, Dios llama al pueblo a la santidad: Porque yo soy el Señor, el que los hice subir del país de Egipto para ser su Dios. Ustedes serán santos, porque yo soy santo (Levítico 11, 45).
El designio de Dios es claro: una vez que fuimos creados a su imagen y semejanza (Gn 1,26), y Él es Santo, todo tenemos que ser santos también. Eso es natural, porque fuimos hecho para el Señor y no deja por menos.
San Pedro repite esa orden dada al pueblo en el desierto, en su primera carta: así como el que os ha llamado es santo, así también vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: Seréis santos, porque santo soy yo. (Levítico 11, 44)” (I Pedro 1,15-16).
El gran apóstol exhortaba a los cristianos de su tiempo a romper con el pecado: Ya es bastante el tiempo que habéis pasado obrando conforme al querer de los gentiles, viviendo en desenfrenos, liviandades, crápulas, orgías, embriagueces y en cultos ilícitos a los ídolos (1 Pedro 4,3), viviendo en la caridad, ya que está cubre multitud de pecados (1 Pedro 4,8).
Así también, Nuestro Señor Jesucristo, en el Sermón de la Montaña, llama a los discípulos a la perfección del Padre: sean perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo (Mt 5,28). Cristo se refiere a la voluntad del Padre, que ama no sólo a los buenos, sino que hace llover sobre los justos y los injustos (idem 5,45). Y pregunta a los discípulos: Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen? (idem, 46).
Para el Señor, ser perfecto como el Padre Celeste lo es, es amar también a los enemigos, a los que no nos aman. Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores (idem 44). Y más todavía: no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la otra (idem 39).
El Sermón de la Montaña, relatado en los capítulos 5, 6 y 7 de San Mateos, nos presenta el verdadero código de la santidad. Como dicen los teólogos es la “constitución del Reino de Dios”. Por eso en la Fiesta de Todos los Santos la Iglesia nos hace leer ese discurso de Jesús.
San Pablo empieza casi todas sus cartas recordando a los cristianos, de su tiempo, de que son llamadas a la santidad. A los romanos, al inicio, se dirige a ellos diciendo: a todos los amados de Dios que estáis en Roma, santos por vocación(…) (Rm 1,7). A los corintios ele repete: a la Iglesia de Dios que está en Corinto: a los santificados en Cristo Jesús (ICor 1,2). A los efesios también recuerda, al inicio, que el Padre nos acogió en Cristo: eligiéndonos de antemano para ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5). A los filipenses él exhorta: que podáis aquilatar los mejor para ser puros y sin tacha para el Día de Cristo (Fil 1,10).
Santa Teresa de Ávila afirma que “el demonio hace todo para parecernos un orgullo querer parecer a los santos”. La santidad no es un fin, sino medio para que seamos imagen y semejanza de Dios, conforme salimos de sus manos.
La santidad es la mejor respuesta que damos al amor de Dios. Es el amor retribuido que llevó a los santos a hacer la voluntad de Dios y llegar a la santidad.
El Concilio Vaticano II afirmó que: “todos los fieles cristianos son, pues, convidados y obligados a procurar la santidad y la perfección del propio estado” (Lumen Gentium, 41). Esas palabras de la Iglesia muestran que la santidad no es, como se pensaba antes, un camino para pocos elegidos de Dios, privilegiados, sino un camino para todos los cristianos. Ese llamado es una vocación universal.
Todos los bautizados, por tanto, sin excepción, son llamados a la santidad. “Son justificados en el Señor Jesús, dice el Concilio, por el bautismo de la fe se tornaron verdaderamente hijos de Dios y participante de la naturaleza divina y, por tanto, realmente santos” ( Lumen Gentium, 40).
Vemos entonces que cada uno de nosotros recibió la santidad en el bautismo y debe vivir de modo a preservarla y perfeccionarla.
Cierta vez, el Papa Juan Pablo II dijo en Roma, citando Bernanos: “La Iglesia no necesita de reformadores, sino de santos”. En otra ocasión, declaró a los catequistas: “en una palabra, sean santos. La santidad es la fuerza más poderosa para llevar a Cristo los corazones de los hombres” (L.R. nº 24, 14/06/92, pg 22 [338]).
Para vivir la santidad, como dice San Alfonso de Ligorio, “hacer lo que Dios quiere y querer lo que Dios hace”, es decir, vivir los mandamientos y aceptar la voluntad del Señor en todo.
La Iglesia existe para llevarnos a la santidad y nos ofrece muchos medios de santificación: la oración, los sacramentos, los sacramentales, la Palabra de Dios, la fe. Además, nos santificamos por los sufrimientos, por la vivencia familiar, por los trabajos realizados con amor. En el hogar, en la fábrica, en la calle, en la lucha diaria que cada uno tiene es el lugar de santificación, haciendo la voluntad de Dios.
El mundo hoy necesita de muchos santos, como afirmó Juan Pablo II en Brasil, santos modernos, de pantalones vaqueros, tocando guitarras, etc.
Felipe Aquino
Comunidad Canción Nueva









