El grupo de oración nace de una orden de Jesús: “Por vuestra parte permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos de poder desde lo alto” (Lc 24, 49). Dios se compadece al ver la fragilidad de su pueblo y toma la iniciativa de socorrerlo. Su orden es un acto de misericordia, un socorro prestado al que desfallece en sus fuerzas.
Cuando te sientes frágil y abandonado, Jesús te consuela con sus Palabras, aquellas mismas palabras que jamás dejó de cumplir y te hace una promesa, acompañada de una condición: seréis revestidos de poder desde lo alto, pero para eso, permaneced en la ciudad. Permanezcan juntos, unidos. La fuerza de lo alto no es otra cosa, sino el Espíritu y Poder y así como el Padre había ungido a Jesús con el “Espíritu y poder” (Hch 10,38). Así Jesús quería revestir, ahora a los suyos. En verdad, el Espíritu Santo es la única fuerza verdadera, el único poder real que sostiene al hombre de fe.
El cristiano, el carismático no vive de la propia fuerza, no vive de sus recursos naturales. Su fuerza no está en la carne, ni en la sangre, ni en las obras de sus manos, porque sabe que “no es por el poder ni por la fuerza, sino por el Espíritu del Señor” (Zc 4,6) que las cosas se realizan. San Pablo lo sabía y decía: “Ya que os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión” (1 Ts 1, 5) No sólo con palabra, es decir, no sólo con la inteligencia, con el estudio, con estrategias, con esquemas. El poder que vence y que convierte, que destruye los corazones de piedra, que aniquila toda fuerza que se organiza contra el conocimiento de Dios y es capaz de hacer brotar la Vida Nueva es, y siempre será, el Espíritu Santo. Sin Él toda palabra es vacía y la evangelización ineficaz.
Al prometer la fuerza de lo alto, Jesús revela un secreto: es del Espíritu Santo que el hombre de fe recibe el poder y la eficacia de evangelizar, en él todo miedo puede ser vencido, porque viene al auxilio de nuestra fragilidad, viene atraído por nuestra fragilidad, cuando la reconocemos. El lugar donde al Espíritu Santo más le gusta derramarse es sobre una comunidad reunida. La iniciativa de revestir de la fuerza de lo alto es de Dios, pero nada habría sido posible si los discípulos no hubisen contribuido, si no hubiesen obedecido la orden del Señor. Ellos cumplieron esta orden, yendo al Cenáculo y allí perseveraron en oración (cf Hech 1, 12-14).
Todos los que quieren ser llenos de Espíritu Santo deben seguir el mismo camino y rezar insistentemente al Padre del cielo, para que, en nombre de Jesús, les conceda el Espíritu Santo y, así, esperar con fe de expectativa que el Espíritu Santo venga. Cuando alguien, lleno de amor a Dios, llama, suplica al Espíritu Santo y quiere realmente que venga y haga parte de su vida, que no sea sólo una oración de boca para fuera. Debemos empeñar el corazón.
Marcio Mendes
Misionero de la Comunidad Canción Nueva, teólogo, autor de libros y presentador de programas de televisión.










