Con el temple de un guerrero

04/02/2009

Nuestra reflexión parte de este Evangelio de San Mateo:

“Desde los días de Juan el Bautista hasta ahora, el Reino de los Cielos, sufre violencia, y los violentos lo arrebatan” (Mt 11,12).

Un soldado que está en guerra sin tomar conciencia de la guerra en que está, ya es un derrotado. Infelizmente, muchos están en esta situación.

La declaración está en esta palabra: “Desde los días de Juan, el Bautista…”. Fue ahí que todo comenzó. Juan el Bautista comenzaba a anunciar:

“Convertíos porque ha llegado el Reino de los Cielos.” Y para eso: “Yo os bautizo con agua en señal de conversión; pero aquel que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de llevarle las sandalias” (Mt 3, 2.11).

Mira este ejemplo: para hacer un martillo o un escoplo se necesita un material que no sea muy duro.
Se toma un tarugo cuadrado o redondo, se lleva a una usina, se coloca en un torno, después con taladro se rectifica. Es de acuerdo con el diseño de la herramienta que el mecánico va dando forma al martillo.

Pero todavía la herramienta no está lista; si le colocamos un cable o la golpeamos contra algo duro, se rajará. La razón es sencilla: antes de ser usado, el martillo necesita ser templado. Entonces, con una gran pinza se lleva el material al fuego a una temperatura de 900 grados. Solamente cuando se queda de color naranja es retirado del fuego y colocado en el agua. Después es devuelto al fuego para, luego llevarlo al aceite. Sólo después es retirado definitivamente. Se toma este material y se le da unos buenos golpes con otro material ya templado para ver si va a resistir. Una vez probado, se le coloca un mazo y ya puede ser usado.

Todo esto me llevó a concluir: todos nosotros somos una herramienta de acero dulce, blando en las manos del Señor …pero necesitamos recibir temple. Y lo que nos templa es ser llevados al fuego, después al agua y al aceite.

El Señor nos hace pasar por un proceso semejante.

Desde que Juan anunció: “Él os bautizará con Espíritu Santo y fuego”, el Reino de los Cielos es asaltado con violencia y “son los violentos los que la arrebatan”.

La Biblia de Jerusalén trae una nota debajo de este pasaje, explicando que, cuando Jesús habla de esto, está hablando de una guerra: de un combate contra los poderes del mal. No contra cualquier enemigo: estamos en una guerra contra el infierno; ¡contra Satanás y los espíritus malignos!

Reflexionemos juntos: Si se quiere destruir un pueblo, ¿por dónde se comienza? ¿Destruyendo a los más viejos? No. Ni se comenzará destruyendo a los niños. Ellos serán los hombres y mujeres del futuro, pero ¡son niños todavía! Si se queire destruir a un pueblo, se comienza destruyendo a los jóvenes.

Tú eres el blanco del enemigo, solamente por el hecho de que tú eres un joven. Él quiere destruirte justamente a ti. Por lo tanto, o asumes el combate y entras en esta guerra, dando la victoria para el Señor, o de lo contrario desde ahora, ya  eres un perdedor.

Si tomásemos la herramienta de acero dulce y la colocásemos solamente en el aceite, no resolvería nada. Es el caso de muchas personas que fueron bautizadas en el Espíritu Santo y quieren vivir “en la blandura”.
El Señor bondadosamente no nos puso directamente en el fuego, nos colocó antes en el aceite; no sólo nos mojó sino, gracias a Dios, nos “empapó” de aceite.

Fuimos bautizados en el Espíritu Santo: Es bautismo en el aceite. Adquirimos el gusto por la oración, por la Palabra y por el trabajo de Dios.

¡Nos ponemos en actividad! Comenzamos a amar al Señor. ¡Qué belleza! ¡Qué entusiasmo! ¡Parece que hasta nos incendiamos por dentro!
Hacíamos todo con gusto, con satisfacción. Si pudiéramos, iríamos al grupo de oración todos los días. ¡Es un tiempo maravilloso! ¡Todo es bueno!

Sólo que tú sabes: nadie camina entre flores por mucho tiempo. Todos necesitamos pasar por el bautismo en el fuego como dice Juan el Bautista: “Èl os bautizará con Espíritu Santo y fuego”. El fuego es prueba; es lucha “cuerpo a cuerpo” contra el pecado, contra el enemigo y sus tentaciones. Es así que se adquiere temple; temple de un guerrero.

Extraído del libro “Generación PHN” del Monseñor Jonas Abib

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