Hablar como con palabras de Dios

17/11/2008

Del Jesús que predica al Cristo predicado

En la segunda carta a los Corintios –que es, por excelencia, la carta dedicada al ministerio de la predicación–, san Pablo escribe estas palabras programáticas: «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a Cristo Jesús como Señor» (2 Co 4,5). A los mismos fieles de Corinto, en una carta precedente, había escrito: «Nosotros predicamos a Cristo crucificado» (1 Co 1,23). Cuando el Apóstol quiere abrazar con una sola palabra el contenido de la predicación cristiana, ¡esta palabra es siempre la persona de Jesucristo!

En estas afirmaciones Jesús ya no es contemplado –como ocurría en los evangelios– en su calidad de anunciador, sino en su calidad de anunciado. Paralelamente, vemos que la expresión «Evangelio de Jesús» adquiere un nuevo significado, sin perder en cambio el antiguo; del significado de «gozoso anuncio traído por Jesús (¡Jesús sujeto!)», se pasa al significado de «gozoso anuncio sobre Jesús» (¡Jesús objeto!).
Éste es el significado que la palabra evangelio tiene en el solemne inicio de la carta a los Romanos. «Pablo, siervo de Cristo Jesús, apóstol por vocación, escogido para el Evangelio de Dios, que había ya prometido por medio de sus profetas en la Escrituras Sagradas, acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por su resurrección de entre los muertos, Jesucristo Señor nuestro» (Rm 1,1-3).

En esta meditación nos concentramos en «La Palabra de Dios en la misión de la Iglesia». Es el tema del que se ocupa el tercer capítulo de los Lineamenta del Sínodo de los Obispos, que evidencia de aquél sus diversos aspectos y ámbitos de actuación según el siguiente esquema:

La misión de la Iglesia es proclamar a Cristo, la Palabra de Dios hecha carne.

La Palabra de Dios debe estar siempre al alcance de todos.
La Palabra de Dios, gracia de comunión entre los cristianos.
La Palabra de Dios, luz para el diálogo interreligioso
a – Con el pueblo judío
b – Con otras religiones
La Palabra de Dios, fermento de las culturas modernas.
La Palabra de Dios y la historia de los hombres.

Me limito a tratar un punto particular y bastante concentrado; sin embargo, considero que influye en la calidad y en la eficacia del anuncio de la Iglesia en todas sus expresiones.

2. Palabras «inútiles» y palabras «eficaces»

En el evangelio de Mateo, en el contexto del discurso sobre las palabras que revelan el corazón, se refiere una palabra de Jesús que ha hecho temblar a los lectores del Evangelio de todos los tiempos: «Pero yo os digo que de toda palabra inútil que hablen los hombres darán cuenta en el día del Juicio» (Mt 12,36).

Siempre ha sido difícil explicar qué entendía Jesús por «palabra inútil». Cierta luz nos llega de otro pasaje del evangelio de Mateo (7,15-20), donde vuelve el mismo tema del árbol que se reconoce por los frutos y donde todo el discurso aparece dirigido a los falsos profetas: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis…».

Si el dicho de Jesús tiene relación con lo de los falsos profetas, entonces podemos tal vez descubrir qué significa la palabra «inútil». El término original, traducido con «inútil», es argòn, que quiere decir «sin efecto» (a –privativo–; ergos –obra–). Algunas traducciones modernas, entre ellas la italiana de la CEI [Conferencia Episcopal italiana. Ndt], vinculan el término a «infundada», por lo tanto a un valor pasivo: palabra que carece de fundamento, o sea, calumnia. Es un intento de dar un sentido más tranquilizador a la amenaza de Jesús. ¡No hay nada, de hecho, particularmente inquietante si Jesús dice que de toda calumnia se debe dar cuentas a Dios!

También en la carta a los Hebreos encontramos este concepto de la eficacia de la palabra divina: «Viva y eficaz es la Palabra de Dios» (Hb 4,12). Pero es un concepto que viene de lejos; en Isaías, Dios declara que la palabra que sale de su boca no vuelve a Él jamás «de vacío», sin haber realizado aquello para lo que fue enviada (v. Is 55,11).

Después de haber indicado las condiciones del anuncio cristiano (hablar de Cristo, con sinceridad, como movidos por Dios y bajo su mirada), el Apóstol se preguntaba: «Y ¿quién es capaz para esto?» (2 Co 2,16). Nadie –está claro– está a la altura. Llevamos este tesoro en vasijas de barro. (Ib. 4,7). Pero podemos orar, diciendo: Señor, ten piedad de este pobre vaso de barro que debe llevar el tesoro de tu palabra; presérvanos de pronunciar palabras inútiles cuando hablamos de ti; haznos experimentar una vez el gusto de tu palabra para que la sepamos distinguir de cualquier otra y para que cualquier otra palabra nos parezca insípida. Difunde, como has prometido, hambre en la tierra, «no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra del Señor» (Am 8,11).

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P. Raniero Cantalamessa ofmcap

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